El naufragio de un sueño
Me imagino que desde pequeña, Dayra Wood, después del aguacero, solía jugar a la carreras de barquitos en Cativá, en su natal Colón, y le diría a sus compañeros de diversión “algún día seré capitana de barco”, ellos se reirían, con la sorna propia de su incipiente machismo, enviándola a jugar con sus muñecas. Logró por méritos académicos alcanzar esa quimera. Sentirían orgullo sus padres de que no formaba parte de la estadística de jóvenes sin futuro en el presente. Verla engalanada de ese blanco impecable con sus charreteras e insignias que le daban ese donaire. La niña de sus ojos, 22 años después es parte de una fría crónica, muerta como su sueño.
Dayra partió de este mundo terrenal, el mar se convirtió en su panteón. Me tomó la paternidad de ese sufrimiento, que no tiene tamaño, cuando otras cosas interesan a la sociedad. Dándole la razón al poeta cuando expresó: “Que solos se quedan los muertos”. Una vida cegada por el infortunio que nos hace dudar de los designios divinos y nos lleva a buscar respuestas de lo injusto que es ser señalado por el dedo índice del destino, cuando no viene a repartir sino desgracias. La muerte se ensañó con ella. Sin ser blasfemo, ¿porqué Dios no miró para otro lado?
ROMPIÓ PARADIGMAS PARA CUMPLIR COMPROMISOS DE RESPONSABILIDAD...
Hay circunstancias en que la muerte no solo le debe doler a los deudos, sobre todo si la respuesta al evento fatal se encuentra, esquiva e intangible, en un mar de dudas. Dayra pudo ser la hermana o hija de todos.
Aprovecho esta tribuna intelectual para prestar mi modesta pluma para tratar de aligerar la carga de esta tragedia, porque no es otra cosa; aquí no valen eufemismos, cualquier palabra es un paliativo insignificante para este dolor que no cabe entre pecho y espalda. Habrá quienes llorarán por trivialidades como una uña partida, la rotura de su mejor vestido o una colisión del auto. Dayra vale océanos de llanto por su tesón y encomio de romper los patrones culturales y sociales de enrolarse en una carrera, de marino, que ha estado vedada a las mujeres por los “hombres de mar”.
No soy amante de las notas necrológicas porque por lo general se les escriben a los políticos o a malhechores y bandidos abatidos durante sus agencias delictivas, en las crónicas rojas. El corazón me encomendó estas reflexiones para tratar de encontrar salidas de los laberintos existenciales cuando la muerte se nos presenta. No seamos cómplices del olvido, so pretexto de que la intimidad de la familia de Dayra debe ser respetada.
Aquella joven rompió paradigmas para cumplir compromisos de responsabilidad como ejemplo de que hay en el estudio una salida para mejorar la calidad de vida. Aunque la felicidad haya sido pasajera.
Abogado.