El Nido de Águilas
“La excelencia moral es resultado del hábito. Nos volvemos justos realizando actos de justicia; templados, realizando actos de templanza; valientes, realizando actos de valentía”. Aristóteles.
LAS INSTALACIONES DEL INSTITUTO NACIONAL MERECEN SER TRATADAS CON DIGNIDAD Y RESPETO, EN SU MOMENTO, SER CONSIDERADAS MONUMENTO NACIONAL, QUE INCLUSIVE ALBERGUE UN MUSEO DE LA NACIONALIDAD PANAMEÑA, POR EL MÉRITO PROPIO DE HABER ACOGIDO A TANTOS VALORES, POR SER EJEMPLO DE HONOR, DE PATRIOTISMO.
Pasados unos días de la irrupción de la Policía Nacional al Instituto Nacional, el glorioso Nido de Águilas, para quienes conocemos de historia patria, de históricas gestas nacionalistas, de luchas sociales, de identidad nacional, de efervescencia estudiantil y juventud, resulta imperativo realizar algunas consideraciones acerca de esta infortunada acción.
Por generaciones, el Nido de Águilas ha formado jóvenes panameños de la clase humilde y trabajadora de nuestro país; de él también han salido excepcionales profesionales, líderes en todos los ámbitos, ha sido semillero de una juventud ejemplar, capaz de reaccionar ante la injusticia, señalar las desigualdades sociales, las medidas impopulares de todos los gobiernos, sin afiliarse a ninguno, a amar a su patria siendo por ello considerados conciencia crítica de la nación. Se les castiga por haber aprendido bien lo enseñado por sus docentes, mismos que han forjado su carácter, sus actitudes y su intelecto. Por ser capaces de razonar, por tener la capacidad de dirigir, capaces de inflamar con el poder de la palabra y la fuerza de su oratoria a la masa de estudiantes para expresar en acciones propias de la rebeldía de la edad, su descontento. Es el muchacho o muchacha que hace falta en este país de grandes inequidades, en donde la clase política y malos representantes, desde la Asamblea Legislativa, aprueban leyes que solo convienen a sus intereses y a los gobernantes. Mal puede la Policía Nacional, objeto del desatino de otros, irrumpir en una escuela, en lugar de perseguir el crimen y la delincuencia. Lo he dicho otras veces, ser valientes frente a unos muchachos cuya rebeldía no es más que expresión de estar vivos, de tener coraje y de querer mejores días para los humildes de su país. Qué pena me da, con las autoridades educativas, que en lugar de resaltar las cualidades y las destrezas de esta juventud, la reprime y coarta, impidiendo de esta manera ser modelos de lecciones bien aprendidas.
Las instalaciones del Instituto Nacional merecen ser tratadas con dignidad y respeto, en su momento ser consideradas monumento nacional, que inclusive albergue un museo de la nacionalidad panameña, por el mérito propio de haber acogido a tantos valores, por ser ejemplo de honor, de patriotismo, por el sacrificio de jóvenes que ofrendaron sus vidas ante las balas de poderosos por hacer respetar nuestra bandera y nuestro territorio, y por las armas antimotines del patio para agradar a quienes no teniendo razón emplearon la fuerza para acallar conciencias.
El día que deje de verse al Instituto Nacional, a los institutores, como simples vándalos y den honor a su coraje e inteligencia, muchos de los problemas de deserción escolar, fracasos, embarazos precoces, drogas y otros males que aquejan a los jóvenes de los barrios dejarán de serlo.
En otros tiempos, en momentos de la dictadura militar, las escuelas no fueron violentadas de esta forma; lo que estas autoridades en tiempos de democracia hacen no tiene parámetro de comparación.
Apelo a la serenidad, a la madurez de las autoridades educativas para elevar la discusión, para ser nobles al reconocer los méritos de otros y a escuchar los puntos de vista de estos jóvenes y orientar sus inquietudes. Hagan esto por amor a los nuestros, por nuestro país y su historia que ha sido cuna de luchas y esfuerzos, en la que los institutores de estas y otras generaciones han realizado una contribución de incalculable valor.