El nuevo papa latino, un jesuita argentino
Recurro a un libro sobre el actual papa Francisco, jesuita argentino, para dar algunos datos sobre aspectos de su vida como sacerdote. El autor comienza preguntándose: “Ahora bien, ¿cómo explicar el ‘fenómeno Bergoglio’?”. Hay que remontarse, ante todo, al comienzo de este siglo, porque la figura del cardenal argentino era poco conocida entre los altos dignatarios eclesiásticos de los cinco continentes hasta que una circunstancia especial lo colocó en el centro de sus miradas allá por 2001. Más precisamente en torno al 11 de septiembre. El entonces arzobispo de Nueva York, cardenal Edward Egan, estaba en aquel momento en el Vaticano participando de un sínodo de obispos de todo el mundo y debió viajar a su ciudad para asistir a un homenaje a las víctimas del terrible atentado a las Torres Gemelas, al cumplirse un mes.
Su lugar como relator general de la asamblea, un puesto clave, fue ocupado por el cardenal Bergoglio, cuyo desempeño causó una excelente impresión. Todos los observadores coinciden en que ese fue el punto de partido de su proyección internacional. Por lo pronto, fue el más votado entre los 252 padres sinodales de 118 países para integrar el consejo postsinodal en representación del continente americano. El prestigio de Bergoglio volvería a confirmarse dos años después del cónclave, en ocasión de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y El Caribe celebrada en Aparecida, Brasil. Allí fue elegido por amplísima mayoría presidente de la estratégica redactora del documento final, una responsabilidad por demás relevante si se tiene en cuenta que en conferencias similares como las efectuadas en 1969 en Medellín, Colombia, y 1979 en Puebla, México, surgieron declaraciones de enorme trascendencia para el catolicismo de la región. No fue el único reconocimiento que Bergoglio cosechó en ese encuentro: el día que le tocó oficiar la misa, su homilía suscitó un cerrado aplauso. Ningún otro celebrante fue aplaudido en la misma circunstancia a lo largo de las tres semanas que duró la conferencia.
Testigos directos dicen que muchos participantes aprovechaban los descansos para conversar con el cardenal argentino y hasta fotografiarse con él como si fuera un famoso actor o un eximio deportista.
Con todo, cualquiera que haya visto a Bergoglio sabe que no es una figura glamurosa, del estilo que prefieren los programas televisivos. Ni es un orador grandilocuente, con dotes histriónicas, sino de tono más bien bajo, pero de contenido profundo. Además, hasta antes de ser designado obispo auxiliar de Buenos Aires, en 1922, cuando tenía 55 años, era un perfecto [B]out sider[/B]en la Iglesia, no un sacerdote que venía ascendiendo en la pirámide eclesiástica, haciendo carrera.
En aquel tiempo se desempeñaba como confesor de la residencia de la Compañía de Jesús en Córdoba, adonde había sido destinado hacia casi dos años. Fue el entonces arzobispo de Buenos Aires, cardenal Antonio Quarracino, quien -atraído por sus condiciones- lo escogió como uno de sus principales colaboradores (uno de sus obispos auxiliares), y un año después lo convirtió en el principal, al ungirlo su vicario general. Cuando su salud comenzó a deteriorarse, lo impulsó como su sucesor (el papa lo nombró arzobispo coadjutor con derecho a sucesión). Al morir Quarracino, en 1998, Bergoglio se convirtió en el primer jesuita al frente de la curia porteña.
Por entonces, Bergoglio ya contaba con un gran ascendiente sobre el clero de la ciudad, sobre todo el más joven. Gustaba su afable cercanía, su simpleza, su sabio consejo. Nada de eso cambiaría con su llegada al principal sillón de la arquidiócesis primada, sede cardenalicia.
Habilitaría un teléfono directo para que los sacerdotes pudieran llamarlo a cualquier hora. Seguiría pernoctando en alguna parroquia, asistiendo a un sacerdote enfermo, de ser necesario. Continuaría viajando en colectivo o en subterráneo y dejando un auto con chofer. Rechazaría ir a vivir a la elegante residencia arzobispal de Olivos, cercana a la quinta de los presidentes, permaneciendo en su austero cuarto de la curia porteña.
En fin, seguiría respondiendo personalmente los llamados, recibiendo a todo el mundo y anotando él las audiencias y actividades en su agenda de bolsillo. Y continuaría esquivando los eventos sociales y prefiriendo el simple traje oscuro con el [B]clergyman[/B]a la sotana cardenalicia.