El nuevo papa y nuestra alegría por Resurrección
Nos encontramos culminando nuestra Semana Santa con la alegría de conmemorar la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Es una fecha en la que nos comunicamos la lógica alegría que nace del hecho del triunfo de Cristo sobre la muerte, el demonio y el pecado. En nuestros días hemos estado muy entretenidos tanto por la renuncia inesperada que causó toda esta conmoción del papa emérito Benedicto XVI y todo movimiento para elegir al sucesor y la convocatoria de los cardenales y el proceso de elección y la fumata blanca.
La alegría pascual se suma y se entremezcla con el tema del nuevo papa. A propósito de este tema, abordé la semana pasado y transmití unos párrafos del libro sobre el Cardenal Bergoglio, escrito por Georgio Rubin y Francesca Ambrogotti en el que nos presentan algunos aspectos
poco conocidos de la vida del actual papa como arzobispo de Buenos Aires, retomamos de aquella sección que dice: “Por entonces, Bergoglio ya contaba con un gran ascendiente sobre el clero de la ciudad, sobre todo el más joven. Gustaba su afable cercanía, su simpleza, su sabio consejo. Nada de eso cambiaría con su llegada al principal sillón de la arquidió cesis primada, sede cardenalicia. Habilitaría un teléfono directo para que los sacerdotes pudieran llamarlo a cualquier hora ante un problema. Seguiría pernoctando en alguna parroquia, asistiendo a un sacerdote enfermo, de ser necesario. Continuaría viajando en colectivo o en subterráneo y dejando de lado un auto con chofer. Rechazaría ir a vivir a la elegante residencia arzobispal de Olivos, cercana a la quinta de los presidentes, permaneciendo en su austero cuarto de la curia porteña.
En fin, seguiría respondiendo personalmente los llamados, recibiendo a todo el mundo y anotando directamente él las audiencias y actividades en su rústica agenda de bolsillo. Y continuaría esquivando los eventos sociales y prefiriendo el simple traje oscuro con el clerigman a la sotana cardenalicia.
A propósito de su austeridad, cuentan que cuando se anunció que sería creado cardenal, en 2001, no quiso comprar los atuendos de su nueva condición, sino adaptar los de su antecesor y que, ni bien se enteró de que algunos fieles proyectaban viajar a Roma para acompañarlo en la ceremonia en la que Juan Pablo II le entregaría los atributos de purpurado, los exhortó a que no lo hicieran y a que donaran el dinero del viaje a los pobres.
Dicen también que en una de sus frecuentes visitas a las villas de emergencia de Buenos Aires, durante una charla con cientos de hombres de la parroquia de Nuestra Señora de Caacupé, en el asentamiento del barrio de Barracas, un albañil se levantó y le dijo conmovido: “Estoy orgulloso de usted, porque cuando venía para acá con mis compañeros en el colectivo lo vi sentado en uno de los últimos asientos, como uno más; se lo dije a ellos, pero no me creyeron.” Desde entonces, Bergoglio se ganó para siempre un lugar en el corazón de aquella gente humilde y sufrida. “Es que lo sentimos como uno de nosotros”, explicaron.
Muchas y variadas historietas y rumores han circulado y siguen circulando en
torno al nuevo papa, y sobre todo lo que ha llamado atención es su sencillez, simplicidad y su gran fe y devoción sin entrar en comparación con nadie.
Siempre hemos visto al papa como un ser rodeado por guardias italianos que mantienen a todo el mundo a distancia. La espontaneidad y la convicción que tiene que tener contacto con su pueblo lo lleva a desafiar a la seguridad personal, luego todo su programa de Semana Santa con el hecho del lavatorio de los pies de los internos de una cárcel y otros detalles más lo van perfilando ante nosotros como piensa actuar, incluso algunos sobre accidentes ocurridos cuando estuvo de Superior de los Jesuitas con un diferendo con los militares en esa época y dos religiosos, el asunto después de investigado por las autoridades deja limpio de toda culpa al arzobispo.
Mucho queda por decir, pero unificando las alegrías de estos días en que alabamos al Señor en el día de su Resurrección, elevando nuestra voz diciendo: Resucitó como lo dio, aleluya.