El olivo bonsái
Mi filosofía de la vida ha cambiado. En mis años impetuosos, la vida era como un bien adquirido imposible de perder. En esa época, donde todo riesgo es un reto, morir se convierte en un acto heroico. De modo que ofrendar la vida por la patria o por un ideal, son razones que hacen sublime lo que en la vejez suele entenderse como una pretensión de la inexperiencia.
Ahora que los tratados de geriatría aseguran que he entrado a la tercera edad, así no más, sin notarlo, como se pasa de un año a otro, mi vida encaja cada día más en la naturaleza. De allí que el valor de la belleza, de lo armónico, del equilibrio, tengan para mí, un valor inestimable. Esta ponderación, que no es sólo mía, es una aproximación hacia una axiología de la estética que nos identifica y distingue de los demás seres vivos. Dice Diderot: “No es un asunto sentimental: La indeterminación de esas relaciones (entre la belleza real y la percibida), la facilidad de captarlas y el placer que acompaña a su percepción, son los que crean la falsa ilusión de que lo bello era más un asunto sentimental que racional". Kant agrega: “No hay ciencia de lo bello, pero hay crítica”.
Hace tiempo me trajeron un olivo bonsái de Grecia, donde los olivos suelen ser milenarios. El olivo es típico de la zona mediterránea, con inviernos suaves y veranos prolongados. Me recomendaron tener mucho cuidado con el exceso de agua y también que evitara las altas temperaturas. De modo que encontré el lugar ideal en el Valle de Antón. Las primeras semanas fueron de adaptación y en poco tiempo brotaron hojas nuevas. Como me habían advertido, al principio conservé la vieja tierra griega pedregosa con la que vino. Pero me propuse rescatar al olivo de sus constantes mutilaciones, es decir, me entrené con ahínco en la técnica antibonsái y al cabo de un tiempo el olivo comenzó a crecer. En unos meses ya el pote original le quedaba chico. Con cuidado lo trasplantamos lejos de la húmeda tierra negra, típica del lugar. Mi casa se halla en la ladera del cerro La Tosca. Como su nombre lo indica hay allí abundantes piedras, la mayoría son de roca calcárea, de origen volcánico. Pensé que sería un buen lugar, similar al de su ambiente natural y para protegerlo del fuerte viento veraniego, lo rodeamos de harinos, un hermoso árbol autóctono en peligro de extinción.
Todo trasplante implica un riesgo. Implantar un órgano, una planta o una idea los hace sujetos de rechazo. Lo mismo sucede con las personas. Nos olvidamos que en realidad, todos somos extranjeros en un mundo donde el uno resulta extraño del otro. El olivo griego, regado con sabiduría antigua, me había llevado a esa reflexión y como en el caso de los trasplantes, mi esfuerzo está dirigido a impedir que el arbolito sucumba a los ataques defensivos de un medio ambiente inseguro, temeroso y xenófobo.
