El optimismo de la humanidad
Se estima que la invasión de Alemania a Rusia en el año de 1941 dio como resultado la muerte total de más de 30 millones de seres humanos. Así, son tantos aquellos episodios de la humanidad que demuestran en el hombre calamidades de enorme proporción que resultan con el tiempo superadas. A veces, la historia se desprecia, como letra muerta en el papel; pero sería más sabio tratar de aprender de ella. Las desgracias profundas en otras latitudes han sido tantas y de tales dimensiones, que uno no puede comprender de dónde sacaron esas fuerzas necesarias para superarlas. Naciones hay que han quedado reducidas casi hasta la nada, y hoy florecen, haciendo uso colectivo de aquella fuerza insondable de la humanidad, que Eduardo Punset ha venido a llamar “el optimismo biológico del ser humano”; un extraño espíritu de lucha que surge por sí solo cuando hechos catastróficos destruyen casi todo aquello que los hombres atesoran y los une a todos en un haz de esfuerzos por recuperarlo.
En nuestras naciones han sobrevenido desgracias que no son presenciales y masivas, que no se expresan a través de la masacre y la aniquilación, sino más bien como un mercurio venenoso vertido en los acuíferos que contamina lentamente a toda nuestra población, despojando a la colectividad de aquella ansia de un destino definido. Cada cual va por su lado y vela por sus propios intereses. Como bien diría Allende, “hay muchos que no se preguntan cuántas viviendas hacen falta en nuestros países y, a veces, ni en su propio país”, porque ya tienen la suya, y con eso les basta. Pero al final, la desgracia de toda una sociedad llegará a sorberse amargamente por cada uno de sus individuos. Y los indicadores económicos, las estadísticas del crimen, la deficiencia en el sistema educativo y de salud, no son sino el perfil lipídico que marca el deterioro de salud social y colectiva de toda una nación. Aquí muchos no han tenido que pasar desgracias físicas, ni muertes catastróficas en masa, ni desmembramientos; pero el espíritu latinoamericano sí ha mermado y la capacidad disminuida de la sociedad, no es del cuerpo, sino del alma. No se nos enseña, desde la temprana edad, que una sencilla regla de la gravedad indica que la masa que hacia arriba se tira para descartarla, ha de caer también en ese sitio. Todo lo que a uno le pasa, podría tener una consecuencia en otro, en esta amalgama social que llamamos patria. Un menor que no se educa hoy a suficiencia, podría no ser el cirujano del mañana que salvaría la propia vida del que lo desprecia; un funcionario público de bajo rango que se ve desmotivado por el vaivén político, podría caer presa de las garras de la tentación que desmorona su moralidad; una madre que debe asumir sola la crianza de sus hijos, por la falta de conciencia colectiva de aquellos que repiten el patrón de madriguera porque no se les mostró un hogar, podría perder la fe en nuestro sistema y darse por vencida en aquel enorme esfuerzo que realiza. Todo aquello que pasa en sociedad, puede impactar al individuo.
Así, estamos inmersos en la catástrofe de sociedades que se han enfermado; en medio de destrucciones que no son aparentes, como la minúscula polilla que debilita el corazón más fuerte de un pesado árbol. Por fuera, todo se ve bien, pero en lo profundo de nuestra sociedad, se ha difuminado el germen de la apatía, la contaminación del egoísmo, la completa falta de unión y solidaridad. Pero no todo está perdido, porque al cobrar conciencia de esta gran desgracia, tal vez hagamos gala del entusiasmo épico que ha permitido a nuestra humanidad seguir y superar grandes desgracias.