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El otro tribunal

Por: Redacción 08/12/2013

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La licenciada Abigaíl Benzadón puso las cosas en su sitio al aclarar que las calificaciones sobre corrupción en los países no se basan en parámetros concretos de referencia como podrían ser los registros de procesos judiciales o denuncias ante el Ministerio Público, sino en la percepción de la anomalía pública o privada. Estas percepciones suministran la información obtenida por los sentidos de la vista, el oído, el olfato, el tacto. Son canalizadas a través de las sucursales de la matriz de transparencia para organizar subjetivamente el de la corrupción internacional.

Se trata de una información primaria inspirada en lo que se lee o se ve por televisión; se escucha en los corrillos políticos; o se palpa no sabemos cómo. El funcionamiento del mecanismo es conocido y repetido hasta el hartazgo: Medios de prensa y televisión informan sobre presunciones de corrupción sin pruebas de validez legal; exageran la información como si fuera la palabra definitiva del asunto; los voceros de la turbia transparencia corean lo que dicen esos medios, como si se tratara de una verdad inconmovible; por último, el círculo se cierra y se determina quién es corrupto y qué lugar ocupan los países en una jerarquía nutrida de percepciones subjetivas y de informaciones tendenciosas.

Estos nuevos batallones de la indignidad lo conforman los miembros del otro tribunal paralelo al sistema judicial; grupúsculos de abogados sin clientela; candidatos fracasados; ecologistas que hace tiempo recorren un bosque, parvadas de ociosos dedicados a piqueteos en las escalinatas del Palacio Gil Ponce.

Este tribunal paralelo analiza las sentencias judiciales, determina qué fallos son deshonestos, qué magistrados hay que expulsar, dictan cátedra de cómo debe interpretarse la Constitución a su gusto y capricho, desahogan odios y resentimientos en los programas de televisión, vapulean ministros, diputados, jueces y magistrados, siguiendo al milímetro un libreto político redactado.

Panamá crece cuando duermen estos envidiosos del éxito político. Afortunadamente la opinión pública los conoce y prescinde de sus puntos de vista empapados de bilis. Insisten incansablemente en su autodesprestigio y han sido rechazados todas las veces que han intentado ser elegidos democráticamente a puestos de representación popular.

La democracia panameña ansía una oposición sustentada en principios éticos que se respalden en el estudio de la realidad nacional. Pero los anhelos se frustran por esta clase de opositores que opinan inspirándose en las inexactitudes propaladas por informaciones que sistemáticamente se niegan a las constantes rectificaciones de sus deplorables yerros periodísticos.

La veracidad informativa y el juego limpio sucumben por las pasiones de los fracasados crónicos que, como los taxis, llevan el color amarillo en sus páginas. Es tiempo de que reconozcan que falsificar la realidad de una sociedad es una de las expresiones más viles de la corrupción moral y económica porque engaña a los pocos lectores que aún les quedan. Pero es complicado convencer a los seudomagistrados del otro tribunal.

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Miércoles 12 de agosto de 2026