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El pastor alemán de la vecina


Silvio Guerra Morales (opinion@epasa.com) / Abogado.

Allí, en medio de la oscuridad, se levantó como ánima espeluznante. Sus movimientos eran sigilosos, lentos, y poco ayudaba el viento con un silbido tétrico que bien susurraba a céfiro de un funeral. Presentía que se volcaría sobre mí. Más bien, lo vi venir hacia mí. Pegué el grito al aire, aterrado llamé a mi madre y al verla me cobijé con su falda sintiendo un alivio protector.

No podía hablar. Mi madre insistía en que le señalara o le dijera lo que había visto. Yo tan solo, tembloroso y mudo, señalaba hacia la esquina del terrado de donde vi aparecerse aquella sombría ánima. El escalofrío doblegaba mi frágil contextura y ya en actitud de regaño la progenitora de mis días optó por decirme: “Compórtese como un hombrecito que es, qué carajo es lo que vio”. Ante sus palabras balbuceé: “Un fantasmaaaaaa”.

Sin dubitar mi madre en nada y en pleno dominio de cualquier vestigio de miedo, caminó hacia la esquina aquella de donde había salido la terrible aparición. Pasaron unos cuantos segundos y desde allí gritó: “Chiquillo de la porra pa’ cobarde, no ves que es el perro de la vecina el que anda por aquí moviéndose de un lado para otro”. No podía creer el anuncio que a viva voz que me hacía la autora y dueña de mis días, pues sentí que ese perro me había hecho una mala jugada.

Efectivamente, era un viejo y enorme pastor alemán el perro de la vecina. Nadie le conocía nombre alguno al perro, solo nos referíamos de él como el pastor alemán y punto. Era juguetón, querendón el animal. Aunque tenía sus momentos de rabietas. Sobre todo cuando merodeaba en la oscuridad intimidando a los sapos que, a golpe de las ocho o nueve de la noche, suelen salir a la caza de los mosquitos y de cuanta sabandija encuentren en el patio y en los caminos. Bueno, ya cerca de mí, mamá no descansaba con los regaños censurándome actos de cobardía y de flojera sin par. Aquello había sido una terrible humillación del pastor alemán. Se había burlado de mí, y aunque siga manteniendo que vi un ánima aparecer, los regaños de mi madre me convencen que la culpa de la aparición era para el viejo can. No me quedé quieto ni conforme, no podía pasar por alto aquel incidente, así que programé mi venganza.

A la noche siguiente, me hice de una sábana de manta sucia, cuyo blanco hueso con diminutos puntitos asemejan una crema de plátano diluida, y me la tiré encima, me aposté en la esquina del terrado y cuando vi al pastor alemán venir, moví los brazos, lenta y sigilosamente, entre tanto emitía sórdidos y espeluznantes gemidos. El perro aulló, ladró y temblaba de miedo, ni siquiera tuvo la osadía de acercarse a mi ánima.

Abogado.

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Lunes 17 de agosto de 2026