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El pecado: alejarse de la casa del padre


Rómulo Emiliani, cmf. (opinion@epasa.com) / PANAMA AMERICA

En esa hermosa, clara y profunda parábola del Hijo Pródigo vemos lo que es el pecado: alejarse de la casa del padre y creerse que uno podrá por sí mismo, sin necesidad de Dios, conseguir la felicidad. Y ¿qué es la casa del padre? Es todo un ambiente espiritual de acogida, cariño, ternura, protección, iluminación, paz y armonía de parte de Dios que se vive cuando se “está en Él”. Es la experiencia de la paternidad divina, infinitamente misericordiosa, cuando está “en unión” con la criatura, el ser humano, brindándole su amor sin límites.

Estar en la casa del padre es dejarse abrazar por Dios y sentir su amor incondicional, haciéndose uno como niño, despojándose de toda vanidad y soberbia, aceptando que sin Él nada somos. Estar en la casa del padre es sentirse hijo, coheredero con Cristo de los bienes eternos; mantener viva la esperanza en la resurrección y descansar en los brazos divinos del Padre experimentando la providencia divina. Todo esto vivido en el marco de “tomar la cruz de cada día”, renunciar a todo lo que nos envilece y compartir la vida y los bienes con todos los que nos necesitan… y con persecuciones. Es estar combatiendo al “mundo, al demonio y la carne” y caminar por el sendero estrecho, siguiendo al Buen Pastor.

El pecado, alejarse de la casa del padre, consiste en poner en tela de juicio la sabiduría divina y creer que uno tiene una mejor fórmula para conseguir la felicidad. Es pensar que Dios está en el cielo, un poco lejos, y no se da cuenta, ni le importan nuestras necesidades. Y como ni le interesa lo que siento, comienza uno a “fabricar” su propia felicidad, siempre girando a través del “yo”. Y uno falsamente cree que dejando rienda suelta a los deseos, instintos, codicia, avaricia, vanidad y orgullo, será feliz. Uno se aleja de la casa del padre y crea sus propias normas y leyes de conducta y se convierte en “un pequeño dios”, durando este efímero reinado un minúsculo tiempo de euforia y falsa alegría, comparado con la eternidad de auténtica felicidad, que se puede perder al desear y apoderarse de las “treinta monedas” de Judas.

El hijo pródigo, al irse a una tierra lejana y derrochar toda su fortuna, empezó a sentir necesidad, tuvo hambre, quedó solo, abandonado; sus amigos se fueron. El hombre alejado de Dios se convierte en un ser solitario y hambriento de lo trascendente, aunque esté rodeado de gente y viva entre lujos y banquetes. Al perder la comunión con los demás y sentir el vacío de Dios, que nada puede llenar, se desespera y se va hundiendo. Para rematar, como creó dioses falsos, se hace esclavo de ellos.

“Así como la nave (una vez roto el timón) es llevada a donde quiere la tempestad, así también el hombre, cuando pierde el auxilio de la gracia divina por su pecado, ya no hace lo que quiere, sino lo que quiere el demonio” (San Juan Crisóstomo). De hecho, la muerte del alma es estar sin Dios. Pero “volviendo en sí”…. el muchacho, pensando, reflexionando, comparando su vida en la casa del padre donde lo tenía todo y cómo ahora estaba deseando lo que comían los cerdos (es que había caído muy bajo), recordó la bondad y generosidad de su padre y decidió volver. Y preparó su confesión: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Trátame como a uno de tus empleados”. Y volvió lleno de harapos, cabizbajo, derrotado a la casa del padre. Lo animaba la seguridad del amor de su padre, aunque no pedía nada más que su perdón y que lo mandara a trabajar como un empleado más.

Pero el papá lo recibió con los brazos abiertos, lo abrazó, lo besó, mandó que le pusieran un nuevo vestido, un anillo, sandalias en los pies y mandó a matar el ternero cebado y preparó una fiesta. Lo perdonó, le devolvió su dignidad real, sus derechos como hijo y lo trató como si nunca se hubiera ido. Volvió a la casa del padre. Cuando Dios perdona, lo hace totalmente y nunca más se acuerda de nuestros pecados.

Dios es misericordioso y ese divino atributo lo manifiesta siempre, no importa cuan grande sea el pecado si nos arrepentimos. Su misericordia es eterna, infinitamente inagotable e inmensa, incondicional, universal. El asunto es estar siempre volviendo a la casa del padre, en actitud de conversión permanente y confiando en el amor misericordioso de Dios con quien somos invencibles.

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Viernes 14 de agosto de 2026