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El perverso arte de engañar


El engaño o la mentira, emparejadas como siempre, conducen a derroteros falsarios. Sofismas o frases claras y directas pueden encerrar el mensaje plagado de virulentas intenciones que no se identifican, para nada, con la verdad o el deseo de que se cumpla con lo que se dice. No son culpables las palabras que contienen al engaño o a la mentira. Culpable es el espíritu que se contiene en ellas: un espíritu de burla, de conducta mendaz, de carencia de voluntad para objetivar lo que se dice, las mismas palabras cambiarían de sentido solo un voluntarismo de cumplimiento efectivo.

Quien es destinatario de la mentira también lo será de la decepción o del incumplimiento. Pero al paso de tal posición, adquirirá otra de no menos agravio o perjuicio: el sentirse defraudado y con ello la pérdida de todo sentido de credibilidad hacia quien se presente ante él con un discurso igual o similar a aquel que lo ha decepcionado. Al final de cuentas, hablemos claro, se va generalizando un síndrome de incredulidad y se asienta una bulimia aparatosa que le hace daño a la nación.

Hay mucho agravio en el engaño. No tan solo se lesiona la dignidad de la gente, sino el sentido de coherencia y de comunidad. Los pueblos, así

como la gente, terminan dando cuentas de un fraccionamiento que raya con lo inverosímil, o de una tendencia a no hacer o a no actuar, cónsona con mentes y espíritus fríos, gélidos, no dados a ninguna defensa o acción. La amargura que va abrazando a los hombres y mujeres, decepcionados, defraudados por los mentirosos, es altamente peligrosa. Los engañados se convierten en seres resentidos, se hacen partidarios del ejército de los que “nada creen”, corriendo el riesgo o el peligro de que aún a los que digan la verdad tampoco habrá que creerles. Se encausan así, de este modo, males profundamente sociales: crisis de credibilidad, crisis de decencia, crisis de personalidad, etc. El mentir o el engañar lleva en sí el germen de la pobreza espiritual que tienen los que mienten sin límite ni reparo alguno, en quienes lo hacen hasta de modo profesional y a quienes no les importa nada ni nadie. Mienten de vicio, dicen mentiras de oficio. Sin duda alguna que un demonio de mentira se ha apoderado de ellos. Con qué facilidad se inventan argumentos, se fabrican cuentos y leyendas maravillosas, y a veces hasta cautivadoras.

Los hay profesionales, no profesionales, empíricos en la mentira, fabricantes de mentiras, usuarios de mentiras, traficantes de mentiras, y son como los agoreros en tribunas públicas anunciándoles al pueblo promisorios mañanas que solo existen en mentes perversas de mentirosos.

Abogado.