El pez muere por su boca
Cuando le confiamos a alguien un secreto o nuestro parecer sobre determinado tema o persona, debemos tener bien claro que nuestras palabras pueden volverse en nuestra contra y hasta tengamos que rendir cuentas por lo que hemos dicho. Las palabras que salen de nuestra boca se nos regresan como un boomerang.
“No se lo cuentes ni a tu almohada”, esa frase la escuché recién me estrenaba como directora de información del Ministerio de Gobierno y Justicia, en el 2004. Era entendible: la lucha contra el narcotráfico obliga a los funcionarios responsables de la seguridad de los panameños a mantener “secretos de Estado”.
Fue en un entrenamiento con funcionarios de Asuntos Públicos del Comando Sur de los Estados Unidos que conocí más a fondo, algunos conceptos sobre el manejo de la información. La regla más importante fue: “nunca digas ni hagas nada que no desees ver publicado al día siguiente, en la primera plana de un periódico”.
Cuando se desvirtúan nuestras declaraciones o se malinterpretan, se debe actuar sin tardanza y rectificar, hay que corregir la información errónea. En este punto, los expertos me dijeron: “en el manejo de malas noticias, no mientas, no recurras al encubrimiento, reconoce el problema y explica cómo se está corrigiendo. Siempre lo más conveniente es informar, ya que los medios van a escribir o difundir la noticia con tu ayuda o sin ella.”
Como hemos visto en las últimas semanas, los medios han publicado los famosos cables filtrados por Wikileads, documentos diplomáticos secretos del Departamento de Estado de los Estados Unidos. Al parecer, la embajada norteamericana en Panamá no hará comentarios sobre el material filtrado.
Nos queda otra lección: todo lo que le comentes a funcionarios de EE.UU será reportado a sus superiores. El secreto peor guardado.
