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El poder de la conciencia crítica

Por: Redacción 09/10/2015

El poder económico tiene el poder del dinero. El poder político tiene el poder de manejar las estructuras e instituciones, incluidas la policía, del Estado. El poder público, del cual se dice emana solo del pueblo, tiene el poder estructurado de los denominados poderes del Estado. El individuo, el ciudadano, la persona, tiene el poder de denunciar, criticar, censurar, emitir opiniones, expresarse en una democracia, disentir, converger, opinar, contradecir, etc.

El poder económico, siempre, quiere ejercer control, dominio, sobre el poder político; el poder político tiene la pretensión de doblegar el poder público, dominando y controlando sus órganos de poder, sus instituciones, dependencias, ministerios, etc.; pero, por otra parte, el poder público quiere, cada día más, controlar al individuo, sus actos, y persigue dominarlo, controlarlo, algo así como convertirlo en un arlequín. Por ello, la persona, el ciudadano, no se permite que el poder público ni el político, menos el económico, lo dobleguen, pisoteen, mancillen, lo aplasten.

En consecuencia, visto el ciudadano, como uno solo, frente a esos tres poderes: económico, político y público, es muy débil, muy frágil, raquítico. Pero, cuidado, la sumatoria de las conciencias ciudadanas, de aquellos que se unen, luchan, reclaman, protestan, exigen, critican, se convierte en el poder más grande que pueda haber dentro de una sociedad políticamente organizada.

Ante ese poder, el poder del soberano, el pueblo, los otros poderes tiemblan. Ante ese poder han caído, la historia lo demuestra, imperios, fortalezas, reinados, colosales gobiernos, en fin.

No hay poder que pueda sostenerse en pie sobre el poder arrasador de la conciencia crítica y ciudadana, de aquella que todo lo pasa por el filtro de la razón y de la justicia.

De modo tal que, desde otra perspectiva, el ciudadano frena el poder público; el poder público frena las ansias de dominio del poder político y este, el poder político, frena, lucha, confronta y a veces hasta sienta alianzas con el poder económico que busca y persigue controlar todo: al poder político, al poder público y a los mismos ciudadanos. Y, ojo, no pocas veces deja de lograrlo.

Es de observar, para nuestros lectores, que el más avasallado, siempre, por razones, no todas ellas comprensibles ni justificables ?silencio cómplice, indiferencia social, "poco me importa", dejar hacer, dejar pasar, "que hagan lo que quieran", el vivir el día a día, etc.? es el ciudadano. Es este quien aparece, en el escenario de cosas, como el aplastado, el atrapado.

...EL PODER PÚBLICO QUIERE, CADA DÍA MÁS, CONTROLAR AL INDIVIDUO, SUS ACTOS, Y PERSIGUE DOMINARLO, CONTROLARLO, ALGO ASÍ COMO CONVERTIRLO EN UN ARLEQUÍN. POR ELLO, LA PERSONA, EL CIUDADANO, NO SE PERMITE QUE EL PODER PÚBLICO NI EL POLÍTICO, MENOS EL ECONÓMICO, LO DOBLEGUEN, PISOTEEN, MANCILLEN, LO APLASTEN.

El poder público tiene musculatura, pero cede ante el poder político que se ve amilanado, presionado, por el poder económico, que es el que, entre todos los poderes, tiene más poder ?más músculos?: domina el estómago, la vestimenta, las modas y usos de los hombres; también controla sus viviendas, los viajes, la recreación, la diversión de los ciudadanos, sus horarios de reposo, sus modos de vida, etc. ?El poder económico, prácticamente, le dicta al hombre, al ciudadano, cómo vivir, cómo comer, qué comer, dónde comer, a dónde ir, y, el colmo, hasta cómo morir y dónde enterrarse. Y esos dictados, igual, quieren imponérselos al poder político.

Sin embargo, es de notar que, por otra parte, si se fortalecieran las instituciones, los poderes del Estado, sus dependencias, en legítimos derechos, libertades ciudadanas, en la defensa de los derechos humanos, sus recursos y garantías; si se ampliasen los mecanismos de defensa y protección ciudadanas, si se le diera mayor participación a los ciudadanos en las cosas que inciden en el poder público, no habría duda alguna en sostener que, tanto el poder político como el económico recularían, retrocederían, ante eso que hemos denominado el poder avasallador de la fuerza ciudadana.

Solo así, y no de otro modo, no tengo dudas al respecto, el poder público se encumbraría sobre los restantes poderes y la democracia, su fuerza, su energía, dejará de ser un mero recordatorio ateniense para pasar a ser una realidad asombrosa y que nos dictaría el enunciado de que sí funciona y de que sí sirve la democracia como el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo.

Luego, entonces, el poder público, lejos de dejarse atrapar por el poder político y por el poder económico, sería el muro de contención para los usurpadores y expansionistas del poder; para los filibusteros y engañadores que se aproximan como lobos rapaces a las humildes conciencias ciudadanas instrumentando, en no pocas veces, la pobreza como el mejor escenario en donde sembrar la mediocridad y la hipocresía con promesas ilusas y vanas.

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Miércoles 29 de julio de 2026

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