El poder judicial en democracia
Por años se le ha venido facturando a los poderes ejecutivos y legislativo las carencias democráticas de nuestros países y naciones. Teorías van y vienen, desde históricas, sociológicas y hasta sicológicas para explicar la manía o tendencia de subalternizar las relaciones societales al poder del estado, dando lugar a un contrato de mandato fallido y donde la condición de mandante o soberano popular no pasa de ser una frase hueca y defenestrada.
Como he señalado en otras ocasiones, Latinoamérica sigue constituyendo un sembradío de democracias limitadas, mediatizadas o vacías, como algunos politólogos la denominan en los tiempos actuales.
Las coyunturas y los periodos donde la relación, estado y sociedad civil se han conducido horizontalmente, han sido la excepción y en ese sentido las fuerzas motrices que han jalonado nuestra historia y lo pendular, ha sido el perfeccionamiento de nuestro ethos nacional y la lucha permanente por construir paradigmas y correlatos donde la democracia como recurso del encuentro del yo y tu, con el poder, no se reduzca a una simple condición del yo mando y tu obedeces.
Falta mucho por desarrollar cultura ciudadana y deliberativa; los atrasos en esta asignatura, coadyuvan a crear relaciones alienadas que terminan perneando nuestra propias conciencias dando a formas institucionales que, por su forma, no tienen que envidiar al mundo democrático desarrollado pero que en la realidad solo expresan documentos y letras muertas.
Seamos transparentes y críticos con nosotros mismos, si el poder es fuerte, lo es en tanto todavía la cultura ciudadana y de participación sufre los embates de la cultura autoreferencial que dificulta la construcción de los puentes para edificar un sentido referencial y de pertenencia, en el sentido de que juntos podemos diseñar esa horizontabilidad e influencia recíproca de ida y vuelta entre estado y sociedad civil.
Las reflexiones anteriores, sin ánimo de expiar culpas a los que desde la atalaya del poder ejecutivo o de la falacia parlamentaria siembran criterios y juicios, lo hacen en tanto que en nuestras regiones y países latinoamericanos, salvo miniaturas excepciones, los operadores de la justicia no tienen conciencia de que aquellos encuentran sus amarres y límites en los controles jurídicos que como fallos y sentencias emanan de sus estrados tribunalicios. Razón tenía Looke cuando depositaba en el órgano judicial la responsabilidad de evitar que lo político desbordara el funcionamiento equilibrado y armonioso del estado y la sociedad, como lo señala un destacado colombiano, que no es más que la defensa y vigencia del estado de derecho constitucionalizado. Cuando nuestra Corte Suprema de Justicia, haga conciencia, que su deber ético y compromiso es con el país, su estado de derecho y la democracia, mucho de esa cultura de desbordaje de supeditar el derecho a la política, irá quedando rezagada y entonces valores como la libertad, integridad y respeto humano, entonarán las notas de la vida en democracia,
