El poder y sus controles
A pocas semanas para que los panameños nos aboquemos a escoger al nuevo gobierno, valga algunas reflexiones en torno al líder que habrá de trasuntar el Estado para superar críticos desfases que enfrenta y que no ayudan a un clima de confianza ciudadana y a la larga podrían generar escenarios conflictivos, nada positivo para un país que aspira a modernidad con desarrollo.
Aclaro, los déficit de democracia e institucionalidad no son exclusivos de nuestro país. Toda nuestra región está plagada de presidencialismo que tiende naturalmente a subalternizar todo el resto de la institucionalidad, lo que se traduce en un Estado de derecho que denomino deficitario y rezagado e insuficiente como tutelador de democracias y derechos fundamentales.
Las constituciones son las expresiones de estos correlatos, sobre todo porque siguen siendo reflejo de la vieja ideología liberal de que la democracia se agota con el voto. Somos ciudadanos al votar, después de ese acto, volvemos a ser meros súbditos del poder.
Los tiempos han cambiado, las democracias tienen como cuestión axial la participación deliberativa de los ciudadanos en el control de la gobernabilidad. Se trata de un deber ser no siempre agradable para los gobernantes, una vez que son favorecidos por el voto. Se les hace difícil entender que el sufragio traduce una relación sinalagmática, es un contrato y por ello cuando se apela al concepto de mandatario es porque existe un mandante. Este nunca, y así lo sostengo, enajena su derecho de control y fiscalización.
Es importante señalar que los déficit arriba mencionados dan cuenta de un rezago histórico y en ese sentido no podemos ignorar que nuestros modos y formas del ethos político traducen las formas políticas que se mantuvieron en pie, una vez lograda nuestra revolución independentista en el siglo XIX.
Se rompieron las cadenas y la personificación del Estado se tradujo en cuantos caudillos y generales que centralizaban todo el poder.
El presidencialismo aparece en nuestra región como heredero de esa cultura del poder poscolonia. Por ello, el gran reto de la política y los políticos, de propiciar un salto de calidad es la forma de correlacionarse sociedad y Estado. En esta tarea es ineludible seguir postergando cambios constitucionales sustantivos.