El poema de la esperanza
Nunca las noticias son diabólicas por sí mismas, puesto que al final se revelan por sí solas. Es verdad que nos alegra más el alma recibir mensajes esperanzadores, pero tampoco hay que dejarse abatir por una realidad enlutada, fruto de un intelecto soberbio, desbordado por las guerras y los sufrimientos.
Por eso, nos alegra que Naciones Unidas, como parte de la adopción de la nueva agenda de desarrollo para 2030, haya lanzado un aluvión de anhelos, entre ellos una ambiciosa campaña de salud mundial para combatir la muerte evitable de seres humanos, o que se subraye la importancia de la educación como un objetivo prioritario entre los moradores. Celebramos, pues, estas apuestas encaminadas a la erradicación de la pobreza, la superación de la desigualdad y la lucha contra el cambio climático.
Obviamente, hay que buscar formas nuevas para restablecer legitimidades internacionales, capaces de proteger, este clima de global desolación que soporta, al presente, todo el orbe.
Una sociedad destructiva de sí misma no puede durar mucho tiempo. De ahí, la importancia, en este momento, de ser personas de acción responsable, justamente para que cesen todos estos abusos de los mundanos dioses. Por todo esto, resulta indispensable la unión y la unidad, sobre todo en cuanto a facilitar a toda la ciudadanía: un techo para descansar, un trabajo digno y debidamente remunerado, una alimentación adecuada y agua potable, así como un ambiente favorable, donde cada persona pueda cultivarse y crecer en auténtica libertad de raciocinio y discernimiento.
Hay que exigir la paz, la libertad y la justicia, si en verdad queremos un planeta más habitable para todos. No se puede tolerar una situación en la que un solo hombre, mujer o niño, siga condenado a sufrir hambre en prósperas regiones, donde suele haber alimentos suficientes para todos y medios para acabar con la exclusión. Tampoco se puede soportar que buena parte de la población muera cada día en un clima de desesperación, mientras los privilegiados hacen bien poco por consolarlos. Por consiguiente, sociedad que no sabe pensar, o no le dejan o no quiere, difícilmente puede subsistir mucho tiempo. Es cosa de cada uno pensar en sí, pero a la vez en los semejantes. Los planes de estudio deberían reflexionar sobre todo esto porque una humanidad divorciada, amén de aborregada, es una humanidad que se suicida.