El político primate
De todos los animales del reino, ninguno hay, como el primate, que se asimile más al hombre. Ni tan erecto que pueda pensar bien, ni tan horizontal que deba así arrastrarse por el suelo. Un justo medio y aproximación en la cadena. Pero algunos hombres se parecen más a este de lo que este se parece a ellos. Y es que ningún otro animal se aproxima más a él en grado de codicia, en apego a la ambición, en encadenamiento así afectivo a su intestino. Por eso, encadenado a su señor y a su destino, que no suele ser otro que apetito propio, se le solía atrapar de una manera muy sencilla. A una lata grande se le abría un orificio, pero sólo lo suficientemente grande como para que pasara la larga extremidad de aquel primate. En el fondo de la lata se colocaba una golosina endurecida, pero apetecible. El animal se aproximaba cauteloso, hacía su exploración y, sabiendo que había allí un alimento, metía su mano en ella; pero para sujetar la golosina, debía cerrar la palma haciendo un puño. Pasaría la palma abierta, sí, pero no su puño con la golosina. Así, en esa condición de atrapamiento propio, se aproximaba aquel trampero y era el animal el que sujetaba la trampa, y no así la trampa la que sujetaba al animal, que por ambición escogería su propio cautiverio.
Muchos hay en estos tiempos nuestros que, en el foro público de la política, parecieran desplegar ese tipo de conducta. Tal es ese apego a la circunstancia transitoria de poder, que cierran sobre ella la garra codiciosa, sin saber que el tesoro que sujetan se calienta lento y por fricción; que el poder público se enciende al rojo vivo en esa garra que lo aferra, hasta consumirla por completo. Como el mono, se aferran a la cosa pública como a la golosina apetitosa dentro de la lata, sin sospechar acaso que el trampero cobrará al final su presa.
Abogado