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El PRD toma su propio jarabe


La Constitución política de 1972 es una amarga herencia del régimen militar para la endeble democracia panameña. Sigue siendo la piedra en el zapato que ha impedido los pasos correctos hacia un Estado moderno. No hemos podido avanzar hacia la consolidación democrática y las prácticas antidemocráticas tienen asidero en nuestra carta política.

Y es que la constitución de los militares, que le dio a su Comandante en Jefe poderes ilimitados, para una dictadura institucionalizada y, por ende, con absoluto control de la red pública y privada, muy a pesar de las reformas que se le han introducido, sigue siendo mezquina con la separación de los órganos del Estado; con la participación ciudadana y contra el derecho de los panameños a disfrutar de una institucionalidad sólida, segura y confiable.

Los militares y la dirigencia del principal partido de la oposición política se confabularon para ir cediendo migajas de participación electoral, interferidas por fraudes electorales y movimientos antojadizos de inquilinos de palacio, dirigidos desde los cuarteles. La Presidencia y las curules legislativas –en mayoría—fueron cedidas a perdedores, mientras la población electoral, estupefacta e impotente, asumía la alternativa de la protesta contra el desorden imperante.

La dictadura tenía todos los cabos atados. Un Tribunal Electoral bajo total control; la Corte Suprema de Justicia con sus amigotes con la toga de Magistrados; la Procuraduría de la Nación, con un servidor a las órdenes de la Presidencia y de los comandantes de la Fuerza de Defensa; un Contralor cuadrado con las órdenes superiores, y una Asamblea sumisa al extremo, pues muchas curules eran espurias. A todo este orden de cosas la entonces dirigencia del PRD le guardó profundo silencio, miró para otro lado y acompañó incondicionalmente el ejercicio autocrático del gobierno. Vencida la dirección del mando castrense, la democracia ha venido funcionando en ese marco jurídico que se presta para manejar el poder con un presidencialismo que bien puede, lamentablemente, adoptar las enseñanzas de los herederos de la tiranía militar.

Es por esta razón que los políticos inescrupulosos, los amigos del enriquecimiento ilícito y los discípulos de la dictadura, han cometido toda clase atropellos, excesos, arbitrariedades y vicios inconcebibles, sin recato alguno, confiados en la impunidad que les ofrece un marco jurídico hecho a imagen y semejanza de quienes jamás creyeron en la democracia, en la justicia y en los derechos y garantías individuales y sociales. Mientras no surja un estadista que con visión de Patria convoque a una Asamblea Constituyente para modernizar el Estado y, entre tantas cosas, cortar los vínculos de la corrupción con los corruptos, tendremos más de lo mismo.

La nueva generación del partido Revolucionario Democrático ha cometido el grave error de no enmendar modelos desfasados; de no haber legislado para la democracia y para cuando les tocara el turno en la oposición. Ellos son, en gran medida, responsables del presidencialismo en nuestro sistema de gobierno, y el que muy bien explotan para su beneficio cuando llegan al poder.