El principio de la precaución
La dolorosa tragedia que hoy vive Japón con su incalculable costo humano es un motivo obligado de reflexión. Esto no solo en términos de nuestra propia impotencia frente a las fuerzas desatadas de la naturaleza, sino que, también, en relación a aquellas consecuencias que resultan de las decisiones humanas basadas en el criterio de la expansión y acumulación incesante de los beneficios del capital, que nos han llevado a la utilización creciente y dispendiosa de energía, provocando el fenómeno del sobrecalentamiento global, creando, también, el caldo de cultivo para la generación de energía de origen atómico. Esta última, después de haber desaparecido durante algún tiempo de la lista, recientemente volvió a presentarse como una energía opcional y limpia desde el punto de vista ambiental.
Es así que no hace mucho el presidente Obama propuso utilizar más de 54 mil millones de dólares en la construcción de nuevas facilidades de producción de energía atómica, argumentando que esto favorecería la independencia energética de su país, a la vez que constituía una forma de beneficiar al medio ambiente por la vía de limitar la emisión de gases invernaderos. Por su parte, algunas de las economías emergentes, como India y China, en su afán de copiar el estilo de desarrollo de los países “avanzados”, han venido argumentando que la generación de energía atómica es una forma eficaz de apoyar el desarrollo sostenible. Los acontecimientos de Japón no solo contradicen esas apreciaciones ilusorias, sino que, además llaman la atención sobre un hecho fundamental: en el actual nivel de conocimiento los fenómenos relacionados con la generación de energía atómica caen dentro del campo de la incertidumbre, es decir que se vinculan a resultados para los cuales no es posible ni siquiera otorgarles una probabilidad que se considere efectivamente válida. En tales condiciones no queda otra alternativa que aplicar el principio de la precaución. Según este cuando nos encontramos frente a una alternativa de resultados inciertos y con un alto costo potencial para la humanidad, debemos ponernos en el peor de los escenarios, evitando decidir a favor de dicha opción. La sed insaciable de ganancias lleva, sin embargo, a la violación sistemática del mismo, es así, para dar otro ejemplo distinto al de energía atómica, que frente a los riesgos ambientales que surgen del deshielo del Ártico, que comentamos en un artículo previo, los países de su contorno más que activarse para evitar esta catástrofe, se encuentran lanzados en una agria polémica en torno a quien tiene el derecho de apropiarse de las ricas reservas de petróleo que se encuentran en la zona.
En estas circunstancias cabe concluir que solo un cambio profundo en la lógica del sistema económico, el cual pase a valorar la idea de que nadie es propietario de la Tierra, que ésta le pertenece a todas las generaciones, nos llevará a una nueva sociedad en la que nos comportaremos frente a la naturaleza como buenos padres de familia. Para conseguirlo deberemos enfrentar al status quo y construir un mundo mejor.
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