El problema indígena
Un escritor sudamericano ha dicho de nuestras razas indígenas tropicales que no son lastre sino poderosa fuerza dormida que habrá de actuar en el desenvolvimiento de las nacionalidades. Estamos convencidos de que, cuando se dijo esto, más que haber demostrado una verdad, se acertó con la verdad. Porque las razas indígenas de los países centrales del continente constituyen ciertamente riquísima reserva; pero esa contribución no será aprovechable con la comodidad que se ha creído. La raza indígena es, no solo una capacidad latente: es, además, un poder reacio a toda colaboración realmente constructiva.
Quien sepa del acérrimo egoísmo de la raza purpúrea y conozca de la poderosa y exclusiva absorción de la familia indígena --aun dentro de su misma tribu--, no hablará tan llanamente del aprovechamiento de la raza para los intereses actuales de nuestros países.
En Panamá, que es de los países americanos en donde hay un alto porcentaje de elemento indígena, se ha estudiado con angustioso interés lo que entre ellos es verdadero problema; y han puesto, además del interés meramente utilitario, mucho amor por la raza. Ya no es solo el interés colectivo de incorporar el elemento indígena a las actividades culturales del país: es también el filantrópico deseo de llevar a su miserable rancho la primera noción de higiene y la más elemental aspiración a una vida mejor; no es solamente el afán de traerlos al centro de la vida activa como palancas aprovechables en la civilización: es también la cristiana actitud de redimirlos del pecado de las selvas e iniciarlos en un ritmo espiritual a que ellos también tienen derecho; no se pide de su raza solamente el brazo agricultor: se les debe inspirar además el amor inteligente de la tierra y la adivinación de un Panamá íntimo de cuyos orgullos participan la tierra, la raza y la historia.
Para ellos lo primero será conquistar la voluntad del indígena, dificultad que no salvan sino la inteligencia y la asiduidad. La creación de una institución compuesta por una especie de “misioneros de cultura indígena” sería ideal; vale decir, grupos de maestros que recorran el territorio de comarca en comarca, invocando amistosamente la confianza de las familias, su inteligencia de las primeras nociones de cooperación social, y hasta lograr los primeros frutos de la alfabetización literaria. ¡Todo esto como solución inmediata!
Con vistas al futuro, se podría fundar en la capital del país la “Casa del Estudiante Indígena”, verdadero hogar en donde se podría reunir niños representantes de casi todas las comarcas del país. La función de esta institución sería preparar a los que más tarde podrían volver al seno de su raza para proceder -con mejor derecho y más ciertos frutos- a la manera de profesores dirigiendo la vida de sus congéneres.
