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El pueblo fantasma y el banano


En los tiempos buenos todos querían mudarse a Barú. Los salarios eran jugosos y los líderes sindicales se convirtieron en una especie de terratenientes que negociaban en  oficinas refrigeradas con  los ejecutivos de las compañías bananeras.

Tener un negocio en pleno centro de Puerto Armuelles era sinónimo de ganancias. Los trabajadores cobraban sus salarios y  la economía de Barú se movía en el instante.

 Existían las famosas “fincas independientes” que eran también un buen negocio. Una vez apareció la crisis del banano, sobre todo por los bajos precios del mercado internacional y la caída de la demanda, también se declararon en quiebra.

Aunque en Bocas del Toro todavía sobreviven algunas fincas bananeras,  en el sector Pacífico  hace muchos años solo existen problemas.

Los líderes sindicales pasaron a la historia como los últimos administradores de las bananeras, el resultado es conocido. Ahora en esas tierras que antes resplandecían con el verdor de los bananales, no queda nada.

Solo para tener una idea de la crisis, hace diez años existían en el país cerca de 13 mil 178 hectáreas sembradas con bananos. El año pasado solo se reportaron 7 mil 388 hectáreas sembradas. Apenas  726 estaban en el sector Pacífico.

Muchos  baruenses han tenido que empacar y migrar a la capital. Se calcula que más de 30% de la población está desempleada.

La vida giraba alrededor de la exportación bananera y eso se acabó. A  pesar de contar con una zona franca todavía no hay resultados y pocas empresas han mostrado interés.

Para colmo de males  hace unos días las lluvias provocaron envalses que inundaron varias comunidades, complicando la situación. Ni hablar de los altos niveles de inseguridad y los problemas sanitarios.

 Todavía están a tiempo de darle una mano a Barú, con planes sostenibles que generen empleos y desarrollo.