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El sacrificio del Nazareno frente al dogma y lo ritual


Alberto Valdés Tola (opinion@epasa.com) / Sociólogo

Han pasado dos milenios desde que Jesús de Nazaret, llamado el cristo o mesías, caminó por esta ruinosa tierra. Para muchos, es el pilar del cristianismo como religión; para otros, es tan solo un profeta más dentro del pequeño santuario de pensadores espirituales; para un grupo más reducido de seguidores, es el modelo por medio del cual todos los hombres se deben medir y a cuyo ejemplo debe ceñirse la humanidad.

Ahora bien, cada una de estas concepciones sobre el Nazareno trae sus propias implicaciones. Primero, si lo percibimos como el líder espiritual de una institución religiosa como las iglesias cristianas o católicas, la figura del mismo se transforma en un referente impersonal, una suerte de ente abstracto que necesita para materializarse en las vidas de los creyentes y feligreses la figura de un vicario o delegado (sacerdote, pastor, etc.).

Esta forma dependiente de experimentar la fe es la más común y es compartida por miles de cristianos a lo largo y ancho del globo terráqueo. Lamentablemente, sus fundamentos están basados en ritos vacíos y carentes de una pragmática solidaria que constituya un puente entre la fe y la acción.

La segunda manera de ver a Cristo (como un profeta más), no solo lo libera de su carácter divino, sino que además, lo coloca como uno de los tantos precedentes paradigmáticos que pueden existir; así, Jesús no es el hijo de Dios, sino una suerte de pensador espiritual que tan solo esboza un sistema de premisas religiosas y morales. Este es el caso de los islámicos, los cuales no perciben el sacrificio del Nazareno como la redención de la humanidad, sino tan solo como uno de los tantos caminos hacia Dios.

La tercera forma en que es posible entender la figura de Cristo se aleja radicalmente de la manera institucional y de la que lo ve como un referente espiritual entre muchos otros. Lo identifica como el hombre de carne y hueso que fue, no negando su origen divino, sino exaltando su modelo de vida; no cuestionando su inmortalidad y ascensión a los cielos, sino destacando su mensaje; no conjeturando sobre la validez de los milagros, sino señalando sus obras. Así, el cristianismo pasa de una estéril creencia institucional, cuya esterilidad ha sido muy evidente a lo largo de la historia humana y, de una casi irrelevante posición doctrinaria, que la coloca dentro de muchos paradigmas de fe; a una primacía ética existencial, basada en las enseñanzas del maestro hebreo, ejemplificadas en las sagradas escrituras, evitando de este modo el sesgo interpretativo secular y teológico que tanto mal ha causado al mundo.

Lo que nos lleva a razonar igualmente, que el mensaje cristiano no se encontraba en las cruzadas de la alta edad media; tampoco en la inquisición española; menos aún en la teoría de la liberación, por señalar solo algunos ejemplos; sino en cambio, en la entrega desinteresada por conocer y aplicar en la carne y en el espíritu el modelo de vida del Nazareno, el cual destacaba, entre muchas otras cosas, el amor a Dios (como ente supremo y universal) y al prójimo (como igual). Así, toda su pragmática argumentativa no va dirigida a la caridad (o limosnas), sino a la constitución de una idea de hombre intempestivo y ético (no moral o religioso), que al tiempo que ayuda a sus semejantes en la realidad existencial del día a día cotidiano, les expone un modelo de vida basado en el respeto, la empatía y la solidaridad entre todos los seres humanos sin distinción.

Ahora bien, hay algunos desentendidos, clérigos y seculares religiosos, que predican toda una hermenéutica de la exclusión. Sosteniendo, ignorantemente, premisas arcaicas que no promueven en nada el mensaje de amor de Jesucristo; en cambio, hacen ver el sacrificio de salvación del Nazareno como algo exclusivo para algunas personas austeras y ritualistas (que asisten todos los domingos a misa, etc.); al tiempo que satanizan no solo a los ateos; sino además, a gnósticos, deístas y teósofos (todos estos relacionados de una manera u otra a concepciones mágico-religiosas); también a otros grupos humanos como lo son los homosexuales y lesbianas; ciertos grupos étnicos cuyos imaginarios religiosos son algo diferentes; entre otros muchos ejemplos de intolerancia y apatía con el prójimo. Cuando de lo que se trata es de salvar sus almas, no el de generar odios, incomprensión y resentimientos.

De esta forma, solo poniendo en práctica el modelo de vida de Jesucristo, el cual pone por delante lo humano (sin distinciones), en detrimento de lo dogmático, ritualista y efímero; es posible honestamente agradecerle su invaluable sacrificio; al tiempo que se constituye una mejor humanidad para todos.

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Viernes 14 de agosto de 2026