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El saneamiento de la política nacional


Después de muchos años de estudio de factibilidad sobre “el saneamiento de la Bahía de Panamá”, finalmente se concretó el proyecto requerido, cuya obra está en proceso de ejecución (los trabajos avanzan a un buen ritmo), lo cual es motivo de satisfacción, sobre todo, para la comunidad capitalina.

De igual manera hay que proceder, con carácter de urgencia, en lo que hemos dado en llamar “el saneamiento de la política nacional”. Esto es lo que hay que llevar a cabo, sin demora, si aspiramos a que la política sea realmente el arte o la ciencia de “gobernar por y para el pueblo”; y si queremos, asimismo, que quienes están encargados de aplicar esa ciencia jueguen límpidamente su papel.

Para adelantar esta tarea (empresa de urgencia patriótica), hay que terminar con la inmoralidad que permite a un mal político engañar y hacer demagogia, en detrimento de los interese generales, desde la tribuna callejera, a la que sube para solicitar el voto popular, o el sillón legislativo, desde el cual gobierna y dicta leyes a la República; que esto es el demagogo: el que miente a sabiendas al formular promesas incumplibles y aprovecha la función pública para adquirir poder y riqueza a costa no solo de quienes lo votaron de buena fe, sino también del prestigio de las instituciones democráticas y del decoro de la vida nacional.

APOSTEMOS POR LA BUENA POLÍTICA: LA QUE SE SIRVE DE LA FRANQUEZA, DEL JUICIO EQUILIBRADO, DE LA HIDALGUÍA.

Sentimos pena ajena por la triste y lamentable situación de “desprestigio” en que está sumida desde hace muchos años la Asamblea Nacional de Diputados.

Al parecer, últimamente los partidos políticos en Panamá, padecen de conocimiento y sentimiento cívico, sin doctrinas y sin ideales; vale decir, se han constituido en conglomerados amorfos, carentes de fuerzas vitales y de verdadera representatividad.

La Nación panameña (que equivale a decir el pueblo soberano), necesita agrupaciones políticas que esclarezcan la conciencia ciudadana, que ilustren el entendimiento de las masas, que siembren las inquietudes patrióticas, que condenen los males nefastos, tales como la mentira, el engaño, la corrupción, la codicia, el nepotismo, el transfuguismo y el servilismo (que han echado hondas raíces en la práctica politiquera), y enseñen a compartir los bienes de la democracia y a manejar con ciencia y con conciencia los beneficios de la libertad.

Apostemos por la buena política: la que se sirve de la franqueza, del juicio equilibrado, de la hidalguía y de la probidad. La otra es la que organiza sus arsenales con la calumnia, con el negativismo sistemático, con la intriga y el derrotismo destructor.

Pedagogo, escritor, diplomático.