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El sujeto mediático


Todavía hay sujetos con pensamiento autónomo, pero van quedando pocos. Habría que revisar la velocidad del tiempo, porque el hombre actual o pasa demasiado tiempo mirándose el ombligo o muy poco en las bibliotecas, lugar donde el tiempo se bifurca en cada libro y termina enmarañado entre el Imperio Romano y el de News Corporation, donde Obama es Nerón y Mr. Murdoch es Julio César.

Es que sin la perspectiva histórica, es decir, del tiempo como culminación, los acontecimientos son tan efímeros como su exégesis: la profundidad del razonamiento dedicado a su interpretación. Para la realidad, el margen de error suele ser catastrófico. Al hombre mediático le es desconocido el aroma del papel impreso. Sin tiempo para leer, ese ser humano exiliado de la historia, vaga sumergido en un futuro incierto, donde lo virtual es parte de una realidad cambiante, tanto, como la información masticada y digerida que recibe del presente, donde la profundidad del argumento tiene el grosor del grafeno. El hombre mediático pasa por el tiempo a los saltos. Y lo hace desconociendo que en cada uno deja jirones de su ser.

No sé quién es hijo de quién, entre el homo economicus y el sujeto mediático. A primera vista pareciera existir un parasitismo comensalista, puesto que uno se nutre del otro, que también se beneficia. La tecnología nos ha enfrentado a un gran problema existencial: la inmediatez. Cualquier espera nos provoca una ansiedad desmesurada. Personas que diez minutos antes nos trataban con gentileza, por la calle se transforman en hordas visigodas.

La inmediatez por obtener conclusiones categóricas nos ha hecho perder capacidad de reflexión. Al punto que hasta cuando vamos a descansar lo hacemos a toda prisa. Esa falta de reflexión, junto a la voracidad desatada por la dependencia a estar continuamente “informados” -diría que uniformados-, lleva a comportarnos más como hombre masa que como sujetos de pensamiento autónomo, capaces de deliberar y pasar por el tamiz de la razón ese bombardeo cotidiano de clichés y discursos efectistas, emitidos desde el púlpito mediático de los intereses creados. Y allá van los votos de la democracia. Prendidos de los voceros del emperador Julio César Murdoch. Porque si no eres conservador ultra capitalista o si no estás en el aturdimiento musical, el consumo de lo innecesario, la estética de lo estrafalario y lo cómico de la ignorancia, no eres nadie -creer que Einstein es un perro no deja de ser cómico, al menos para Einstein. Para el sujeto que lo afirma, es una tragedia-.

Los intelectuales tienen una gran responsabilidad en esto. Pocos han salido a la palestra a liberar al sujeto mediático y denunciar el peligro que supone la esclavitud del pensamiento dirigido. Para mí, la dictadura mediática es peor que la dictadura política, porque ésta me permite ser rebelde, pero aquella, quitándome lo único que en este mundo es verdaderamente libre, me despersonaliza y entonces, Yo dejo de ser Yo.