¡El tema político en la actualidad!
Hay que decirlo con claridad y franqueza, sin ambages ni reservas de ninguna naturaleza, menos de tipo engañosa. Ni la política, en un sentido de partido; ni las ideologías, en un sentido de dogma; ni mucho menos los sentimientos y conveniencias privadas, como expresión de los egoísmos individuales o de grupos, deben privar sobre lo que en la presente oportunidad, más que en ninguna otra, ha de entenderse por interés público. Se ha de hablar, discutir y proponer con la mente y el corazón fijos, en primer término, en el bien de la República, en el supremo interés de la Patria, en la felicidad y el bienestar de la nación panameña.
La democracia, tal como el mundo libre de Occidente la entiende, no puede existir sin partidos, ya que ellos constituyen uno de sus órganos indispensables de funcionamiento. Y el hombre, al fin y al cabo, es, como Aristóteles lo ha dicho, un "zoom politikon", un animal político. Pero esto no quiere decir, por cierto, que todo hombre sale a la luz con el destino, el don y las condiciones innatas para ser político, de igual manera que el pájaro nace condicionado por la naturaleza para volar. Lo que el filósofo expresó es que el hombre se distingue de los animales por la necesidad y la tendencia que siente a vivir en sociedad. Es entendible, pues, que el hombre, efectivamente, sobrepasó los estadios inferiores en su evolución agrupándose en comunidades, y que, dentro de lo humanamente previsible, no podrá dejar de seguir siendo, en este sentido, un "animal político".
Lo que la ciudadanía panameña exige es que los políticos se ajusten a las reglas de la decencia y la ética, que inspiren su conducta un verdadero patriotismo y un probado desprendimiento, que cuanto digan y hagan responda a una convicción sincera y a un riguroso sentimiento de responsabilidad: así servirán a la colectividad y contribuirán a restablecer en ella el sentido moral, hoy tan decaído; así --con hechos y no con palabras enfáticas y vacías-- habrá de prestigiarse la política, y del menester inferior que ha llegado a ser, se transformará en una auténtica escuela de dignidad cívica.
Sí, esto es lo que hay que llevar a cabo sin demora si aspiramos a que la política sea realmente el arte o la ciencia de gobernar al pueblo, y de gobernarlo bien, y si queremos, asimismo, que quienes están encargados (ahora y en el futuro) de aplicar esa ciencia jueguen limpiamente su papel. Para realizar esa obra hay que terminar con la inmoralidad que permite a los malos políticos engañar y hacer demagogia, en detrimento de los bienes generales; que estos son los demagogos: los que mienten a sabiendas al formular promesas que no podrán cumplir y aprovechan la función pública para adquirir poder y riqueza a costa no solo de quienes los votaron de buena fe, sino también del prestigio de las instituciones democráticas y del decoro de la vida nacional.
Necesitamos agrupaciones políticas que esclarezcan la conciencia nacional, que ilustren el entendimiento de las masas, que siembren las inquietudes patrióticas, que condenen los males de la corrupción y enseñen a compartir los bienes de la democracia. La buena política –la que Panamá necesita—es la que se sirve de la franqueza, del juicio equilibrado, de la hidalguía y de la probidad. La otra es la que organiza sus arsenales con la calumnia, con el negativismo sistemático, con la demagogia, la intriga y el derrotismo destructor.