El trabajo infantil y machismo
La última encuesta de trabajo infantil 2010 refleja que de los 60,702 niños trabajadores a esa fecha a nivel nacional, el 56.5% trabaja en la agricultura, sector con la mayor tasa de accidentes laborales en menores 72.6% y bajo las condiciones de mayor riesgo y peligro para un infante. Estas actividades, por su naturaleza y condición, los exponen a múltiples riesgos y peligros de diferente índole (físicos, ergonómicos, químicos, biológicos, etc.), pueden causar daños a la salud y normal crecimiento del infante, dando posibilidad además a accidentes por el uso de herramientas cortantes que pueden provocar lesiones, en algunos casos, de consecuencias irreversibles.
Aunado a esto, está el bajo rendimiento escolar por las implicaciones que tiene el cansancio y agotamiento físico en el proceso de enseñanza aprendizaje.
El trabajo infantil es un problema de origen multicausal y desde los enfoques convencionales su origen proviene de la marginación, exclusión social y la pobreza, pero aunque poco se ha investigado sobre ello, también es legitimado por patrones culturales uno de ellos, el “machismo”.
A través de sus diversas manifestaciones e influencia en las instituciones sociales, el machismo ha sido artífice de la opresión del sexo femenino a lo largo de la historia. De este yugo, las mujeres, si no del todo liberadas, organizadas mediante luchas y movimientos sociales han logrado emanciparse y recorrer un significativo trecho en el camino hacia la igualdad de oportunidades y derechos.
Fundamentalmente, es un problema que han sufrido y sufren las mujeres, pero surgen algunas preguntas: ¿afecta el machismo extremo al niño en su desarrollo?, ¿expone al niño la relación “macho” igual trabajo físico, musculares y peligrosos? La socióloga y psicoterapeuta italiana Elisabetta Leslie Leonelli, en su libro Las raíces de la virilidad plantea que el hombre se ve sometido desde su infancia a intentar demostrar a sí mismo y los demás que es un “macho”.
Sobre la situación inicialmente descrita, y que viven algunos niños en las campiñas son sintomáticos los comentarios que podemos escuchar, son indicadores del prisma con el cual es visto el trabajo infantil en algunas comunidades rurales y otros sectores del país. Entre las que recuerdo: “que trabaje para que se haga hombrecito”, “eso lo hace macho”, “así me hice yo hombre”, “que aprenda a ganar la vida como un hombre”. Dichas opiniones surgen de experiencias vividas y sufridas por los adultos en su infancia, a la vez se relacionan directamente con atávicas construcciones del rol de género y la división sexista del trabajo, lo más notable es el empuje precoz a ese modelo de “hombre” bajo concepciones “machistas”, argumentos con los cuales se fuerza ideológicamente al niño a realizar labores no apropiadas para su edad.
De esta manera se puede, inconscientemente, forzar al niño a abandonar de forma temprana el goce de su niñez y asumir responsabilidades de adulto sin percatarnos de ello. La infancia es de suma importancia no solo para el desarrollo integral del ser humano, sino como una etapa de la vida en la que el individuo debe canalizar todo su esfuerzo en su preparación y educación. El proceso de crecimiento no solamente es físico, sino psicológico y social, por eso para dar paso a mejores condiciones de vida para nuestra niñez, debemos disolver estos imaginarios en nuevas formas de pensamiento, centradas en el reconocimiento del daño que pueden causar estos prejuicios culturales que afectan directamente al infante y sus posibilidades de desarrollo.
En palabras del sociólogo Francés Pierre Bourdieu “La dominación masculina está tan anclada en nuestro inconsciente que tenemos dificultad en cuestionarla. Hoy, más que nunca, es indispensable enfrentar las evidencias de manera crítica y explorar las estructuras simbólicas del inconsciente androcéntrico, que sobrevive en hombres y mujeres”.
