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El último viaje del ex general


“Creo que Noriega viene bien pronto, no sé en qué vuelo viene ni nada de eso. Tengo entendido que viene pronto y viene a cumplir su sentencia aquí en Panamá”.

Así anticipó el presidente Ricardo Martinelli, el 8 de junio pasado, la finalización de los trámites internacionales para que el dictador Manuel Antonio Noriega suba a un avión en París, cruce el Atlántico y llegue a Panamá.

Las palabras de Martinelli se oficializaron ayer. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá, que preside Juan Carlos Varela, informó de que se encuentra “en la espera de que el Gobierno de Francia comunique de manera oficial su decisión en torno a las solicitudes de extradición presentadas” contra Noriega.

Pasaron más de 20 años. Ese fue el tiempo que los familiares de las víctimas, y varias personas que sufrieron el régimen de terror del ex dictador, debieron esperar para poder mirar a los ojos al ex militar.

Noriega tiene varias cuentas pendientes con la Justicia local. Solo cumpliendo esas viejas cuentas pendientes, el país podrá terminar de superar una parte oscura de su historia. Quizás la más oscura.

Noriega debe venir, sí, pero no a disfrutar de la comodidad de una casa. Cualquier situación parecida a unas vacaciones de Noriega en su terruño será un insulto a la memoria de un pueblo que sufrió su sangre y fuego durante casi dos décadas.

El ex dictador debe esperar los procesos pendientes en una cárcel común, sin privilegios ni comodidades.

Ese debería ser el mensaje. En ninguna de sus anteriores cárceles, en Estados Unidos y Francia, gozó de privilegios.

Sería un error que, justamente, en el país que concretó la mayoría de sus tropelías se le trate diferente. Mejor.

El largo viaje de Noriega terminará pronto, pero ese final debería ser el comienzo de su última cuenta pendiente, que deberá enfrentar desde un calabozo común.

Como cualquiera. O mejor, como cualquier delincuente.