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El valor de la palabra


Dar nuestra palabra en cualquiera de nuestras acciones cotidianas, ya sea personales, de trabajo y/o profesionales, es un concepto que muchas veces se convierte en algo romántico, más que en un compromiso de vida. No obstante, es nuestra mejor carta de presentación, “honrar nuestra palabra”.

Es fácil hablar todo cuanto deseamos, sin límite alguno, sin medir lo que hacemos y sin tomar muchas precauciones; pero qué difícil es medir lo que decimos y comprometemos, asumiendo responsabilidades y consecuencias, que aún cuando no estén escritos, corresponde que sean respetados y cumplidos a cabalidad porque la palabra dicha no se recoge pero hay que honrarla. Cada uno debe hacer una reflexión individual que permita analizar las acciones y omisiones realizadas y si están en sintonía con las palabras emitidas.

¿Cuántos de nosotros estamos conscientes de cada palabra dada a otra persona y de honrar su ejecución? En nuestra era, las palabras casi se las lleva el viento, situación que permite que otros valores sean trastocados y que deterioren las relaciones humanas y pongan en peligro la vida. Por esto nos arrepentimos, a veces, de palabras dichas sin pensar.

Si no cumplimos lo que decimos, se desata la falta de confianza, la no integridad y honorabilidad de la persona, mala reputación, violencia, poca transparencia, y un vínculo deteriorado, sin reparo posible. ¿Vale la pena llegar a estos extremos, cuando podemos hacer lo correcto? No olvidemos que como seres humanos nos equivocamos, pero tenemos la ventaja de corregir nuestras acciones.

Si luego de leer este artículo, sientes que puedes hacer el cambio en tu proceder, habremos avanzado un poco en conseguir una sociedad mejor basada en la palabra dada y recibida. Cumplir nuestra palabra, es de gran satisfacción en la vida, ya que las personas que te conocen te tendrán como persona valiosa, con gran fortaleza humana y dispuesta a perder si es necesario, con tal de dar fiel cumplimiento a la misma.

Las palabras no sólo son las que verbalmente decimos, sino también las que escribimos o expresamos con gestos, movimientos o adoptamos con acciones específicas, que demuestran nuestra intención. Por ejemplo, le prometemos a un amigo ayudarlo a conseguir trabajo, y cuando esa persona nos llama para saber los resultados, no le contestamos el teléfono o lo evadimos.

En definitiva, no debemos poner en riesgo la palabra ofrecida a un amigo, familiar, socio, profesional o colaborador, y siempre debe estar basada en el espíritu de buena fe que los animó a convenir entre ellos.