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El valor del café

Por: Redacción 05/10/2015

Los pequeños frutos rojos que da el árbol del café son la base de algo más que una bebida: un acto social implantado en muchas culturas. Es un lucrativo negocio: es la infusión más consumida del mundo y mueve anualmente $71,000 millones, según datos de la asociación Fairtrade España.

Por la idiosincrasia de esta planta, a diferencia de otros cultivos para la exportación, la mayor parte de la producción corresponde a pequeños campesinos: 25 millones de agricultores producen el 80% del café que se consume en el mundo. Esta planta da trabajo a 100 millones de personas y es, para algunos países, su principal fuente de divisas. En Etiopía, Colombia o Brasil, atraviesa transversalmente el territorio y la historia.

El café es, también, una metáfora de la desigualdad que deja la división internacional del trabajo en el sistema capitalista global. Como dejó escrito Eduardo Galeano en "Las venas abiertas de América Latina": "el café beneficia mucho más a quienes lo consumen que a quienes lo producen. En los Estados Unidos y en Europa genera ingresos y empleos y moviliza grandes capitales; en América Latina, paga salarios de hambre".

Lo cierto es que la cadena de producción, distribución y comercialización evidencia una radical desigualdad entre el poder de negociación de los países que lo cultivan y exportan y aquellos otros que lo distribuyen, comercializan y consumen. Un informe del International Assessment of Agricultural Knowledge, Science and Technology for Development aporta la cifra: el café por el que se le paga $0.14 a un productor en Uganda, costará $42 en una cafetería inglesa. El precio se multiplica por 300 y, según ese mismo estudio, el gran salto se produce en la fase de distribución: de dos dólares al salir de la fábrica, ya procesado, a más de $25 que cuesta en el supermercado.

Además de las presiones para que abaraten sus costos, los campesinos cafeteros se ven asediados por la imprevisibilidad de los precios internacionales del café, que sube o baja no en función de la demanda, sino de la especulación en el mercado. Si esta situación afecta a todas las commodities, las consecuencias son especialmente graves en el caso del café, pues se trata de un cultivo que tarda entre dos y cuatro años en dar los primeros frutos, y una vez lo hace, garantiza la cosecha durante veinte años.

La injusticia de este modelo se basa, en gran medida, en la profunda desconexión entre productores y consumidores, que deja al oligopólico sector de la distribución con un gran poder de negociación y se lleva el grueso de los beneficios. ¿La buena noticia? Es fácil encontrar redes de comercio justo que trabajan sobre el terreno con pequeños productores y aseguran que obtengan un precio justo. ¿Y si la próxima vez que tomamos un café nos preguntamos quién, con sus manos, permitió que llegara a nuestro paladar?

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