El valor que merece la vida
Nuestro país está severa y peligrosamente afectado y amenazado por la propensión de algunos habitantes a estimar a un nivel muy bajo el valor de la vida humana.
Despierta preocupación la creciente tendencia del agresor a actuar con saña y sin límites hasta acabar con la vida de sus semejantes.
Dentro del universo y la diversidad de lo que ocurre, se hacen notorios unos en los que las víctimas provienen de pequeñas circunscripciones territoriales del país y de lo interno de ciertas instituciones, con la particularidad de que los hechos fatales acaecen repetitivamente y con poco tiempo de diferencia entre uno y otro.
Impresiona que agresores y delincuentes se sienten dueños de la situación y libres para actuar cuando y como lo deseen. No les invade el respeto ni el temor a nada ni nadie.
Vivimos la cosecha de lo que sembramos en nuestras sociedades. Por un lado, hemos “hecho casi trizas” a la familia, insustituible “taller de valores”. Seguimos rematando sus escombros con el constante bombardeo de antivalores, malos ejemplos insertos en el hogar.
Con la excusa de estar acorde con el modernismo y la moda, algunos medios de comunicación (principalmente la televisión y el cine) así como redes sociales, utilizan un alto porcentaje de su tiempo en hacer apología del crimen y de la delincuencia, en sus distintas variantes.
Las drogas “legales” e ilegales son fuentes de calamidades y fatalidades. Ambas juegan un papel determinante para las crisis económico-financieras (incluida la quiebra), la desintegración de hogares y el deterioro de la salud hasta el aceleramiento de muerte. Las proscritas generan el surgimiento de grandes organizaciones para el tráfico clandestino a distintos niveles, de núcleos de “tumbadores” que dieron lugar a una ola infinita de asesinatos. Además de la aparición de miniejércitos civiles al servicio de algunos gerentes del narcotráfico.
Es increíble y lamentable que las autoridades que tienen la obligación de combatir el crimen vinculado a las drogas anuncien sin el mínimo sonrojo que este nos ha penetrado.
Hace mucho tiempo, la situación general que refleja el país, en lo que se refiere a la seguridad, hizo sonar la alarma que debió motivarnos a poner en vigencia una tregua. Es el momento de buscar soluciones aún cuando sus proponentes y sustentadores estén calificados o etiquetados caprichosa o erróneamente como adversarios.