El verdadero imperdonable
El presidente Ricardo Martinelli se planteó desde la última elecciones una lista de imperdonables que debía cumplir si llegaba al poder. Estos imperdonables ahora son más que promesas de campaña y, según la actual administración, deben completarse antes de terminar el presente quinquenio. De igual forma, estos temas sirven para que la comunidad evalúe el desempeño del Gobierno o en caso de que alguno de sus funcionarios decida pedir votos en las próximas elecciones.
De la lista de imperdonables se percibe que el Gobierno quiere hacer bien las cosas. Por lo menos así lo miro en papel. Y para efecto de este ensayo, quiero apartarme lo más posible de cualquier análisis de que si son locos o no, o si en la alianza hay vientos de ruptura, o si a los funcionarios se les permite meter la pata, o si en el Gabinete abundan los empresarios. Muy por el contrario, quisiera identificar un ángulo que me permita con claridad escoger cuál es en realidad la más importante prioridad del país y cómo pudiera incluirse dentro de una agenda de Estado, en la que todos, autoridades y sociedad, apuntemos de forma coordinada.
Ciertamente, para hacer lo anterior, debo recordar que locura es hacer las mismas cosas esperando resultados diferentes. Y en este país, salvo lo coyuntural en la lucha por rescatar nuestra soberanía, hemos fracasado cada vez que intentamos crear agendas de Estado y escoger temas prioritarios. En este sentido, locura también pudiera definirse como hacer las cosas sin la coordinación entre el esfuerzo y las intenciones. Yo no dudo de las buenas intenciones que tenga el presidente Ricardo Martinelli con respecto a su plan de Gobierno o a la ejecución de sus imperdonables. Pero no estoy muy seguro de que él o, en su defecto, sus subalternos entiendan el esfuerzo o el grado de compromiso que se requieren para alcanzar muchos de ellos.
Tomemos, por ejemplo, el caso de la educación, que para mí entender resulta el más importante de todos los imperdonables. Martinelli podrá instalar nuevos mercados periféricos, establecer la cadena fría y bajar el costo de la canasta básica. También, podrá terminar la fase 3 de la cinta costera, completar el Metro, sacar de las calles a los diablos rojos y construir un cuarto puente sobre el Canal. Incluso, si llegara el 2014 y su Gobierno ha propiciado una reforma a la Constitución, adecuado el Código de Trabajo, modernizado las leyes electorales y otros marcos legales pendientes, todavía su legado no estaría completo.
Porque la clave del éxito para Martinelli reside en su voluntad y capacidad para salvar la educación panameña. Y de nada le servirá tener sólo buenas intenciones. Su Gobierno se comprometió, al designar a Lucy Molinar como Ministra de Educación, en reformar la educación en Panamá. Entonces, ¡hágalo! Todos en este país sabemos que semejante propósito no es cosa fácil, pero sería imperdonable que, teniendo las intenciones, no haga el esfuerzo definitivo y elimine todo lo que obstaculiza la educación en su conjunto.
Entiendo que estos días de celebraciones, por motivo de los dos primeros años, muchos funcionarios sufren de una severa resaca que imposibilita ver más allá de la inmediatez. Los discursos sobre los logros alcanzados y las metas cumplidas son la tónica del momento, y me imagino así lo han reportado los medios y las encuestas. Además, por el buen manejo mediático que realiza el Gobierno, la sociedad percibe que se están haciendo las cosas y vamos bien por el camino correcto.
Pero mi consejo al presidente Martinelli es que ponga sus palabras de campaña en acción y ejecute una reforma educativa que coloque al país en el umbral del progreso. Sobre todas las circunstancias, debe apoyar a la ministra Molinar. No importa que los estudiantes pierdan un año o dos de clases; ya el país perdió tres generaciones y llegó al borde de la ignorancia colectiva. Querer dilatar este esfuerzo por aquello del alto costo político de despedir a los maestros huelguistas y porque puede bajar en las encuestas, sería el verdadero imperdonable de su Gobierno, cosa que jamás el país se lo perdonará.
