El verdadero papel de los periodistas
Por cuatro años fui funcionario del Estado y luego en un período de una década dirigí tres periódicos. O sea que he estado en ambos frentes y conozco los dos monstruos perfectamente, por fuera y por dentro. Como seres humanos, tenemos nuestras virtudes y nuestros defectos, y puedo apuntar que la exacerbación comunal creada recientemente en torno al tema de la libertad de expresión es producto de que ninguno de los dos bandos quiere dar su brazo a torcer.
Desde siempre los periodistas han difundido noticias y servido de contrapeso a las acciones del Gobierno. Como bien decía Winston Robles, “los medios son el ojo avisor” y, como es natural, los funcionarios resienten las publicaciones y tratan de esconderse y defenderse, y en ocasiones incluso esperan que los periodistas apoyen sus programas de relaciones públicas.
Pero la realidad es que ninguno de los dos bandos tiene el monopolio de la verdad ni es infalible. Ambos tienen sus problemas de hipersensibilidad y egocentrismos. Y, tanto medios como autoridades, han bajado en las encuestas de credibilidad. ¡Sí!, a pesar de que todos coincidimos que los últimos peldaños de la escalera al sótano de los escándalos siempre los ocupan jueces, políticos y funcionarios del Gobierno, ahora también los medios son cuestionados con respecto a su curva editorial y sus sesgos periodísticos.
Y es en este contexto de descreimiento general que es importante que en nuestro país se fortalezca la confianza en los periodistas. Tengo muchos amigos en el gremio y me enorgullece cada vez que desenmascaran con objetividad los privilegios, atropellos u ostentaciones del poder político, o cuando descubren con transparencia que las autoridades toman a la democracia como un desecho biodegradable o al país como una finca privada.
Por lo demás, no es bueno que los periodistas ocupen un lugar que les es impropio. Quiero la prensa libre más por los males que impide, que por los bienes que pudiera llegar a realizar, afirmó alguna vez Tocqueville. La sociedad no debería esperar de ella lo que no tiene por qué dar, como por ejemplo juicio y condena.
El retroceso del periodismo es ejemplar por más de un motivo. Su esfuerzo por hacer de la debilidad una herramienta y de la confiabilidad una invitación sirve como modelo. Como consecuencia de este estado de cosas, hace un año un grupo de especialistas de la Universidad de Northwestern preparó un proyecto de propuestas para lograr que los medios incrementen su credibilidad. Por ahora, existe el consenso de que el trabajo por recuperar lo perdido será más difícil de lo esperado.
En una medida significativa la prensa debe su prestigio al careo habitual con los funcionarios públicos. Dicha actividad de control es representativa en medida directamente proporcional a cómo el poder va dejando de serlo. En los tiempos que corren, todo parecido con lo cuestionado se vuelve cuestionable en sí mismo. De igual forma, en una sociedad fragmentada, en la que los hombres están solos y esperan los diarios para sentirse acompañados, poner en palabras lo que la gente no sabe o no se atreve a expresar, da al periodista la dimensión de intérprete mancomunado.
La fuente de legitimación del periodista es su apego a la verdad. La gente agradece que la noticia venga escoltada de objetividad y que no se la abandone por un prejuicio cronológico o un sesgo particular; saber cómo han sido las cosas en su estricta dimensión exige un sacrificio inobjetable por parte de los periodistas.
En la medida en que los periodistas cumplan con los valores propios y vigilen que se cumplan los ajenos estarán realizando un servicio esencial para la consolidación de la democracia en el país. La democracia sin control no puede durar, así como tampoco la prensa sin vocación de controlar, imponiendo un deber de conducta, decencia y honestidad. Querer tomar partido ajeno o atribuciones distintas a las de su profesión, lesiona gravemente el ambiente de convivencia y da pie para que se abuse de la tan anhelada libertad de expresión.
