El voto y su dimensión social
Por muchos vericuetos atraviesa la patria. Dolencias arcanas desfallecen el sentido de amor por la patria y un síndrome de poco importa pareciera atosigar el espíritu de los hombres buenos que, desde el pináculo de una supuesta intelectualidad, permanecen fríos, desapercibidos, frente al acontecer nacional. Salvo casos muy excepcionales, nadie analiza nada seriamente, nadie dice lo que debe ser, sino lo que es acomodado a sus intereses personales.
La clase popular, el pueblo, pareciera estarse quedando sin voceros serios, sin hombres y mujeres que digan las cosas de modo claro, sin tapujos.
Para ello no hay que ofender, no hay que mancillar a nadie, solo decir las verdades. Tampoco injuriar o calumniar. Y decir la verdad es una misión que solamente toca o corresponde a los hombres de buenos sentimientos, de espíritus sanos, de almas cristalinas. Como bien se ha dicho, de aquellos que pueden dormir teniendo como almohada una conciencia limpia. Una conciencia que no tiene acusadores y que se encuentra exenta de la envidia, la traición, la deslealtad, el afán de lucro indebido, de actos de corrupción, etc.
La responsabilidad de los hijos buenos de la patria debe manifestarse en todo momento, pero más en aquellos en que la nación demanda un compromiso serio y objetivo con ella y en la medida en que, en actos específicos, se exige la concurrencia de la población y que con el poder de un voto, se definan las cosas más relevantes y sagradas para un Estado, máxime cuando se elige o escoge a quien tenga que dirigir los destinos de nuestro país por cinco años más.
No podemos, en consecuencia, ser indiferentes o impasibles. No podemos ser meros observadores, sino actores. Hay que motivarse y motivar a nuestros congéneres a concurrir a votar, a sabiendas que el poder de una bomba no puede compararse, jamás, al poder del voto. En el poder de una bomba, de un explosivo, hay destrucción, causa daños; entre tanto que con el poder del voto se construyen, edifican y definen formas y modos. Cuánto más saber que ese poder construye lo que se expresa en los diseños arquitectónicos de la patria –las buenas ideas, los buenos planes–.
No recuerdo un caso como el que tenemos en los actuales momentos, es decir, en un escenario político en el que median tres fuerzas y todas ellas con matices de fortaleza popular. Nos acostumbramos a advertir el fenómeno político siempre en una bipolaridad en la que cada polo era liderada por una figura presidencial con opciones mayores sobre la otra. Ahora, insistimos, tenemos tres fuerzas, cosa que ha llevado a algunos críticos a sostener que, con toda seguridad, nada está escrito en piedra.
Pero por otra parte, tenemos un pueblo silencioso. Un pueblo que, como ya he escrito, permanece callado, como meditando y hasta riéndose de sí mismo y que solo espera el día de las elecciones para determinar lo que, tal vez, ya ha decidido con tiempo. Un pueblo que no ha sido encuestado, a quien nadie ha llamado para consultarle su eventual opción política. O como dicen algunos, “a mí nadie me ha llamado para entrevistarme”.
Es un pueblo que espera, meticulosamente, como en santa y soberana oración, el gran día de la encuesta política. El mismo día de las elecciones.
Un candidato, a pesar de marcar en las encuestas como primero, ha expresado no confiarse de ellas y señala que “seguirá trabajando hasta el día final”. Bien hace, bien dice, gobierno de la prudencia sobre el gobierno de las emociones. Escribí, en alguna entrega del pasado, que advierto cómo su prístina y primaria intervención en el acontecer político nacional puede constituirse en un factor seductor y atractivo para los votantes o electores que, simple y sencillamente, se cansaron de “siempre lo mismo”. Lo veremos o no en el día de la gran encuesta.
De acuerdo con el candidato presidencial que le sigue, hay confianza en la aplanadora de un partido fuerte y de plataforma que cuenta con estructuras políticas en el más recóndito lugar del país. Se confía en la mística torrijista y en una población electoral que rememora a Omar Torrijos como un líder insuperable, para vencer en las elecciones del 4 mayo del año que decurre. Se insta al electorado a pensar en la canasta básica, en la comida y en una especie de yunta pueblo-gobierno.
El tercero no se queda atrás. Dice estar entusiasmado porque cada día se le suman más simpatizantes, sin embargo, los índices de las encuestas no le acompañan y bien podría, al final de cuentas, hacer suya la frase de Mireya Moscoso, quien sentenció, cuando no la favorecían, que “sus encuestas eran de carne y hueso”. El día de su elección, los resultados fueron un conteo de votos de gente, de carne y hueso, que la favoreció eligiéndola como primera magistrada de la nación.
Más conciencia ciudadana, más espíritu y amor por la nación. Ejerzamos nuestro derecho al voto con hidalguía, orgullo y decoro singular, sabiendo que construiremos patria para nuestro pueblo, nuestros hijos, nuestras familias. Que permita Dios, a través de nuestros votos, que gane el mejor.