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El zar de la corrupción


Hemos llegado a la conclusión de que hay palabras mágicas para los votantes, como por ejemplo, “lucha contra la corrupción”. Mágicas porque cuando las escuchamos es como si fuera un conjuro que nos hace decir “sí, eso es lo que queremos”. Entonces cuando los nuevos inquilinos de las oficinas públicas comienzan su actuación ponemos atención porque queremos ver un acto de magia, y esperamos – ¡tontos que somos! - que se acabe el uso de los puestos públicos para el beneficio privado individual, o del grupo familiar o económico. En vez de un acto de magia, lo que nos encontramos es un acto de circo, en el que la Contraloría exonera del control previo a una larga lista de instituciones cuya gestión equivale a miles de millones de dólares anuales, y el mal llamado zar anti-corrupción nos dice, como pintándose una amplia sonrisa en el rostro, que no hay nada malo con los conflictos de intereses. ¿Lucha contra la corrupción? Persiguieron a sus enemigos, no por corruptos, sino porque eran sus enemigos. Quizás los votantes ya han llegado a la conclusión de que no hay verdaderamente una Contraloría, ni tampoco un zar anti-corrupción. Cuando nos pase el mal gusto que nos deja la decepción, quizá hagamos la pregunta sobre si hay un zar de la corrupción, alguien con mucho poder, capaz de movilizar los recursos del Estado para que haya gente que obtenga beneficios privados sobre la base de los cargos públicos que ostentan ellos mismos, sus familiares y sus socios.