Embajadores y cónsules que pasean
Panamá, como todo Estado, soberano e independiente, tiene su cuerpo de embajadores y de cónsules, sin excluir al personal —desde el que barre hasta quien ejerce como secretario o secretaria, en el servicio exterior—. Todo está centralizado, en lo que toca a las representaciones diplomáticas, en el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Panamá. A este cuerpo de delegados, quienes nos representan en el exterior, quisiera dedicar las siguientes reflexiones.
Entiendo que debemos empezar por distinguir entre funcionarios de carrera y quienes no lo están. Los primeros llevan años, toda una vida, dedicados y consagrados al servicio exterior. Los segundos, no lo están porque simple y sencillamente no han hecho carrera diplomática. No pocos, los del segundo grupo, a veces ni tienen experiencia alguna en el servicio diplomático, y menos profesión relativa a las relaciones internacionales o al derecho internacional público, menos en la carrera de diplomacia.
Los primeros devengan un sueldo, en cuyo caso, al parecer, en los últimos años no ha sido objeto de revisión alguna o de adecuación a los tiempos actuales connotados por un alto costo de la vida, en Panamá y en el resto del mundo. Se trasladan con sus familias a los estados en donde ejercerán sus representaciones y allí, quiérase o no, se distancian de nuestra geografía, de sus amistades, de los suyos y a veces en regiones tan distantes de nuestra Patria. Como decir: cuando allá atardece o anochece, acá estamos amaneciendo.
Los segundos, no pocas veces, son producto de la improvisación, del amiguismo, del tráfico de influencias, del nepotismo. Amiguitos, de todos los círculos sociales, más de los aristócratas, que son designados como embajadores, sin excluir la gloria que tienen algunos de ellos y la vasta experiencia en el servicio exterior. Esto sucede con todos los que ascienden al poder y se constituyen como gobierno. Cada gobierno acomoda a sus amiguitos en embajadas y consulados. Sobre todo los apetitosos, desde la perspectiva económica.
Con sobrada razón se ha dicho que a algunos no les interesa ser ministros ni nada por el estilo del gobierno, solo que los nombren cónsules o embajadores en determinados países y ciudades.
Cabe destacar que no pocos embajadores tiene sueldos que superan con creces a los de los propios ministros, y sería bueno que la Cancillería divulgara los sueldos de todos los embajadores en cada Estado y que sea publicada para que el pueblo, la sociedad civil, la conozca. Sin duda alguna que quedaríamos impactados.
Entre tanto, insistimos, los cónsules y demás funcionarios de carrera permanecen marginados en toda eventual consideración de sus sueldos y de sus viáticos y aun cuando se ha dicho que serán revisados los sueldos de los funcionarios del servicio diplomático, con especial énfasis en los consulados, y no para incrementarlos, sino para reducirlos, es tiempo ya de que se les haga justicia a los cónsules de carrera que han visto pasar lustros y décadas, envejeciendo, y han seguido fieles, siempre, orgullosos, dignos, en representarnos en otros países, cosa que hacen de modo muy profesional y con versatilidad.
Creemos que lo que sí hay que revisar son esos sueldos de embajadores que empobrecen nuestro erario, y lo apropiado sería que se hicieran estudios de cada Estado en donde tenemos representaciones y que el sueldo sea acorde con la economía de esas naciones, sin pecar de incautos como para no entender que, por ejemplo, en Inglaterra, ningún ciudadano podría enfrentar el costo de la vida, como embajador o cónsul, con un salario por debajo de los $8,000 al mes.
No se trata de decir que se rebajarán los sueldos y los porcentajes que ganan producto del uso por parte de los usuarios de los servicios del sistema diplomático y consular, que corresponde a los cónsules, sino de advertir el fenómeno por país. ¿Quién, a guisa de ejemplo, podría representarnos en Europa, en los países de la Comunidad Europea, con sueldos inferiores a los 7,000 u 8,000 dólares al mes? Imposible.
Si se quiere hacer justicia, para el Estado y para los embajadores y cónsules, creemos que la cuestión arranca, primero, por enderezar los sueldos de los funcionarios de carrera –actualizarlos- y darles el mensaje a los nuevos embajadores que tampoco se trata de ir, alegremente a una nación o Estado, a representarnos y vivir la vida loca o simplemente “ulalá”. No se trata de pasear ni de la muñeca ni del muñeco que pasea, sino de hacer una labor diplomática y consular cuyos réditos sean en beneficio de la República de Panamá.
Que el servicio diplomático y consular no sean una gravosa carga para el Estado panameño, por el contrario, que jaloneen, siempre, para nuestro país las mejores relaciones en el plano económico, industrial, cultural, etc.