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En camino hacia la Pascua


Anualmente, en medio de tantas vicisitudes de diversa índole, no podemos, aunque todo conspire a ello, olvidarnos que como creyentes, se nos ofrece el periodo de la Cuaresma, que ya gracias a Dios muchos no la entendemos como la exclusividad de consumir los frutos del mar.

Sobre todo, la calidad de los mensajes eternos que nos sitúan en nuestra propia realidad .

El domingo pasado, nada menos que se nos presentó la indefinible escena de Abraham, en la más difícil obediencia a ese Dios en el que él creía. Cuando le pide que sacrifique a su hijo Isaac. Sabemos por otra parte, que existía otro hijo de Abraham, llamado Ismael, hijo de la esclava de Sarai, Agar. Cuando traduce como hijo “único” explican los entendidos que quería decir “amado”. De todas maneras es una petición difícil. Cuántos casos no hemos visto de familias que han perdido un hijo único lleno de promesas, de éxitos en el mundo social y por un accidente automovilístico, o por un cáncer prematuro, o por una bala loca hayan muerto y les recordamos inútilmente el pasaje de Abraham e Isaac, donde la obediencia fue premiada.

Digo inútilmente porque en la práctica, solo con mucha, muchísima fe, este ejemplo, ayuda a consolarse o resignarse.

En la sustitución de la víctima humana por una animal podría verse una condena de los sacrificios humanos. Los pueblos vecinos de Israel ofrecían ocasionalmente estos sacrificios, sobre todo en tiempos de calamidad.

Por tanto debemos de tener en cuenta que muchos de los cultos de Mesopotamia realizaban sacrificios humanos en la figura del patriarca. Dios rompe aquí esa costumbre al no permitir que se sacrifique a su hijo.

De ahí la frase de Pablo a los Romanos, El que no escatimó a su propio hijo sino que se lo entregó por todos nosotros: ¿cómo no va a estar dispuesto dárnoslo todo junto con su hijo? A Abraham lo probó y le perdonó su hijo, y sin embargo, a Jesús nos lo entregó y todavía no sabemos qué más queremos.

Sigamos recibiendo con mucho interés la palabra de Dios, durante la Cuaresma, como el mejor obsequio que nos sostiene y alimenta en estos tiempos de lucha y de confusión religiosa.

El celo de tu casa me devora, dice la palabra. De ahí con Pablo creemos en un Cristo crucificado que es escándalo para los judíos y locura para los paganos, en cambio para los llamados, sean judíos o paganos, Cristo es la fuerza y la sabiduría de Dios. Y esa fuerza la necesitamos con urgencia en nuestra práctica de la fe cristiana católica.

Sacerdote jesuita.