En cien años
En cien años, cuando de nuestros nombres quede sOlo archivo burocrático olvidado; cuando todos, sin excepción, seamos los números de una estadística, ya nadie prestará atención a estos odios desmedidos del momento, propiciadas por absurdas diferencias de criterio y por aquellos insolentes que piensan que superarán al tiempo. Pero en esa carrera no hay forma de ganar, porque el tiempo siempre los alcanza.
En cien años, cuando ya no estemos, se llenarán de telarañas del olvido esos odiosos titulares que hoy atentan contra la propia dignidad del ser humano; y la historia tratará como paquín vulgar lo que hoy se aprecia como ensayo. Los insultos de hoy habrán sido sepultados por la marea de las edades, y hasta las canas, confinadas ya en un ataúd oscuro, serán el testimonio oscurecido y enterrado de aquellos que alimentan hoy el fuego de la discordia con la leña seca del rencor.
En cien años, se habrán desteñido en el olvido los colores concebidos por el hombre para vivir bajo la sombra de banderas que se oponen. Por eso, no se estime nadie tan longevo como para avivar la llama de su odio más allá de su propia sepultura.
El síndrome del elefante de circo en los partidos
Al elefante de circo, desde muy temprana edad, se le entrena a obedecer ciegamente y a dormir en él su enorme poder natural. Para lograr ese sometimiento espontáneo y esa pérdida de memoria de su naturaleza más íntima, se le ata cuando joven a un poste de hierro con una pesada e intimidante cadena. Por más que el animal trata a esa edad de soltarse, ha podido más la fuerza del hombre, conquistando su sometimiento a muy temprana edad. Y ya de adulto, cuando ha alcanzado su plena madurez y fortaleza, cuando ninguna cadena soportaría su rebeldía, se habrá dormido en el magnifico animal cualquier conciencia de poder. Se le podrá atar ahora con una soga endeble a una estaca de madera, pero el animal, condicionado y vencido en su naturaleza íntima, ya no la romperá. En los partidos ocurre algo similar cuando la membresía pierde la conciencia de su gran poder.
Debatiéndose entre el odio y la razón
Debemos partir de un principio básico que a lo largo de todas nuestras vidas tendemos a omitir: no es cómo lo hacen sentir a uno, sino cómo decide uno sentirse por su propia cuenta. Si fuéramos puramente racionales, y ante esa realidad patente, el agravio sería una mera decisión del individuo, sin sustento real alguno. Así como no está la fiebre en la manta, tampoco está la ofensa en quien ofende, sino en el ofendido que, al final, y por su propia mano, decide así su afectación.
Pero lo que para nosotros es una mera aspiración de la conducta; para quien ejerce un cargo público debería ser una norma. Nosotros podemos comprender que, como dice Eduardo Punset, para borrar la huella de una sola injuria se requieren cuanto menos cinco actos de desagravio. Pero aquel que de alguna forma ejerce el poder público no puede darse el lujo del agravio personal sentido y, mucho menos, responder como ofendido ante la ofensa; porque el poder así enmarcado legalmente sólo se abusa cuando el sentimiento nubla la razón.
Abogado