default

En defensa de Carlos Fuentes


Guillermo Benítez (opinion@epasa.com) / Abogado, profesor de Derecho, y asesor del Ministerio de Seguridad

A propósito del fallecimiento del gran escritor mexicano Carlos Fuentes, el señor Roberto Eisenmann, publica un artículo en el diario “La Prensa”, con el sugerente título de “Carlos Fuentes… Luces y Sombras”. El articulista abunda en “las deliciosas tertulias entre él, Gustavo Gorriti y Carlos Fuentes mientras tomaban café en Harvard, con todo el tiempo disponible para arreglar intelectualmente el mundo”. Según Eisenmann, “todo era amistad”, y se derrama en elogios para escritor; hasta que lo invita a dictar una charla en Panamá, entonces, relata, “comenzó un elegante chifeo, pues le preocupaba cómo verían esto sus amigos del PRD. Al llegar a esta parte, el tono de la narración cambia; el brillante intelectual se convierte en un baila la vara, en un adulador atraído, como otros, por el poder absoluto, y además, no le gustan sus novelas, para finalmente reclamarle a Fuentes haberse opuesto a la invasión norteamericana en Panamá.

Llama la atención que, ante la muerte de un grande de la literatura en habla hispana, el señor Eisenmann se pierda en trivialidades anecdóticas. Razones habrá tenido Fuentes para no aceptar la invitación, pues uno no tiene por qué ir a todas las fiestas que lo invitan. Pero lo que denota el artículo es que el señor Eisenmann no conoció al gran escritor mexicano, aunque se haya tomado cien cafés en Harvard.

Un escritor se mide, se aprecia y se conoce por su obra; la inmortalidad literaria reside en la poesía de la prosa, en el arte, en la Musa; no en las conferencias ni en las tertulias y menos por sus convicciones políticas. El ejemplo eterno es Borges, acusado de escritor no comprometido, de reaccionario de derecha, estuvo siempre en la lista inquisitoria de la izquierda. Igual que Octavio Paz.

Yo sí conocí a Carlos Fuentes, es y seguirá siendo el amigo que acompaña mis noches, junto con Borges, Hemingway, Donoso, Onetti, Capote y tantos otros amigos que me han hecho feliz.

Conocí a Carlos gracias a otro amigo, Ricardo Laviery. Una tarde, a principios de los años ochenta, se apareció Ricardo en la cafetería de Humanidades de la Universidad de Panamá con un libro en la mano “La muerte De Artemio Cruz” de Carlos Fuentes. Me lo dedico aconsejándome que no desmayara en la lectura. Aún hoy se lo agradezco, porque además, por él y por el poeta José Antonio Car, conocí a Borges y a John Dos Pasos.

Carlos Fuentes fue un escritor comprometido y un intelectual crítico. Acusarlo de proclive al autoritarismo es infamia, ignorancia o ambas. Fuentes renuncia al preciado cargo de embajador en Francia como protesta por el nombramiento del expresidente Díaz Ordaz, responsable principal de la Masacre de Tlatelolco como embajador en España; y se aleja de la revolución cubana, tan cara a su generación, al no poder tranzar con la falta de una de las esencias de la creación literaria, la libertad. “La Muerte de Artemio Cruz”, “Mis Años con Laura Díaz” reflejan su preocupación, su desilusión, por los desvaríos de la Revolución Mexicana, la degeneración de los ideales, la corrupción de sus líderes y el autoritarismo burocrático.

Pero por encima de la temática política, Carlos está entre los grandes escritores en Lengua Española del siglo XX, y no hay sombras sobre el poderoso brillo de sus luces, porque como dijo Borges: “Sospecho que un autor debe intervenir lo menos posible en la elaboración de su obra. Debe tratar de ser un amanuense del Espíritu o de la Musa (ambas palabras son sinónimas), no de sus opiniones; que son lo más superficial que hay en él”.

Abogado, profesor de Derecho, y asesor del Ministerio de Seguridad