En la familia se nutren los afectos
La familia es donde se satisfacen las cuatro necesidades psicológicas básicas con las que todos venimos al mundo:
el afecto, el reconocimiento, la pertenencia y la autonomía. Requisitos imprescindibles para el desarrollo de una persona completa.
Ahí se nutren los afectos. Nacemos con la necesidad de ser aceptados y sobre todo queridos por ser quienes somos. Ese amor nos da seguridad, confianza, paz y armonía. Funciona como antídoto para muchos males y es el mayor aliado del equilibrio y la armonía.
Todos necesitamos que se valore nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, nuestra caricia… necesitamos sentirnos valorados en un primer momento para alcanzar nuestro sentimiento íntimo de valía. Todos, aún los más pequeños, necesitan su autonomía personal. Saber ir dejando espacios de responsabilidad. Es importante que nos fiemos de ellos, dejarles equivocarse, derecho de todo ser humano.
El principal valor de una familia unida y armónica es la presencia. Estar presentes lleva consigo estar disponibles para el diálogo abierto y para la convivencia. Presentes para poder acoger, cuidar o decidir qué intervención es la más conveniente y adecuada en función de las necesidades de la persona o la familia.
Las relaciones personales y la estabilidad familiar son los fundamentos de la libertad, la seguridad y la fraternidad. En las familias armónicas, prima la libertad de todos sus miembros porque creen y confían firmemente en las capacidades de cada uno.
La actitud generosa abre el corazón, tanto del que da su tiempo, como del que lo recibe.
El respeto es otro valor fundamental de la familia. Respeto a la individualidad de cada uno, a sus opiniones y sentimientos. La lealtad, resultado del reconocimiento y la aceptación de los vínculos que nos unen unos a otros, permite mantener y proteger esos vínculos y los valores que representan.
Nunca hay suficiente tiempo en la vida, por eso es importante poner atención en el tiempo de calidad, para compartir nuestros sentimientos de forma transparente y abierta. Si como adultos no somos capaces de expresar lo que sentimos a nuestros hijos, ellos tampoco aprenderán a hacerlo.
Reír juntos, recordar momentos gratificantes, buscar actividades para compartir, disfrutar de la compañía, reservar espacios para la intimidad y las confidencias, son, entre otras cosas, formas de potenciar y fortalecer los lazos familiares y regalarnos el equilibrio y la armonía que necesitamos para ser felices.
Periodista
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