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En la puerta del horno...


En la cultura del consumo de los panameños hay cosas que no se pueden tocar.

Solo imagínese un almuerzo en Panamá sin arroz (aunque a muchas personas no les hace falta), es casi una ofensa no tenerlo en la mesa. 

Las variaciones constantes en los precios de los productos de alto consumo como el arroz tienen un impacto directo y sin escala en los bolsillos de los consumidores.

Igual sucede con el pan nuestro de todos los días. Es un asunto cultural, sin importar qué clase de pan compra, si es michita, flauta o  tipo francés. 

Por eso es  que al intentar cambiar el sistema de comercialización de un producto como el pan se debe estar convencido de que no hay cabos sueltos.  Si algo sale mal y los consumidores se sienten burlados, entonces estaría en juego todo su  prestigio y  reputación.

Comprar el pan por peso no es nada  nuevo, por el contrario, en muchos países del mundo  se vende de esta forma desde hace años.

Lo que sucede en Panamá  es curioso. Los sistemas de compra y venta son tan abiertos que se compra en libras, kilos, litros y galones.

 Dependiendo del lugar y el vendedor, te ofrecen productos por libra o  por unidad.

 En el caso del pan  siempre se compró por unidad. Cambiar en la mentalidad del consumidor panameño este mecanismo es complicado, cuando ni los dueños de las  panaderías tienen  claro  cómo vender sus productos.

La decisión de modificar el sistema puede que no sea negativa. En muchos casos los consumidores salieron beneficiados, pero en otros trasquilados.

El problema no es el mecanismo, sino cómo se implementa. Cuando no existe suficiente información sobre el tema, se deja lugar a la especulación y muchos comerciantes se aprovechan.

Si sale a la calle y le pregunta a cualquier persona qué opina de comprar el pan por peso, lo más seguro es que reciba un rosario de quejas.

 Creo que en esta ocasión se les quemó el pan en la puerta del horno.