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En medio del miedo y el pánico


A la hora de escribir esto, no hay agua en el acueducto de la ciudad capital, y presumo que muchos sienten como si el denominado gobierno del cambio ha herido los más profundos sentimientos de la población.

No hay agua y lo malo es que muchos sospechan que lo peor está aún por llegar. Ese terror a que la inversión en infraestructura sea insuficiente y que las tuberías se conviertan nuevamente en coladores ue produzcan pérdidas cuantiosas de agua. Miedo creciente a que el líquido que llegue a nuestros hogares no satisfaga los estándares mínimos de sanidad.

Ante la posibilidad de una crisis hídrica en el país, precisamente al final de una estación lluviosa, muchos se aprestan a buscar cobijo con el inicio de un nuevo verano. Vida hay una sola y encima es corta, murmuran, así que cuatro días sin agua, no es nada malo. El terror ante la hipótesis de un país que, con cientos de ríos que fluyen hacia dos océanos, anule su calidad de vida, reduzca oportunidades de crecimiento y triture expectativas de crear un santuario turístico.

El contexto internacional del problema del agua ha dejado de ser un vaporoso fantasma, y hoy día es una realidad oscura, agravada por la ausencia de alternativas superadoras. En la crisis del año pasado, cuando la turbidez sirvió para ensalzar la ignorancia general, era concebible conjeturar las supuestas ventajas de un modelo moderno para limpiar la bahía y aumentar la capacidad de producción de agua potable. Nada de eso sobrevuela ahora.

¿Cómo no comparar el derroche de agua en Panamá con el pesimismo que viven en otros lugares del mundo, donde el agua está limitada no porque las autoridades son ineptas sino porque Dios no la repartió por igual. Medios periodísticos publican fotos de la miseria tomada en las calles de Nairobi, Atenas, Lima o Dubai, perplejos por una certeza de que en Panamá se cocina una crisis igual, a pesar que el Gobierno se siente protegido y bendecido, y no duda en atribuirse logros que aún nadie ha visto.

Cuando no se quiere ver, no hay ojos ni miradas que alcancen. Vieja verdad psicoanalítica: una negación que proviene de la profunda subjetividad puede ser indestructible. Nada ni nadie la puede perforar. En esto pensaba la noche del domingo pasado, cuando escuché la noticia que el Ministerio de Educación había cancelado las clases por falta de agua en las escuelas, sin importar que muchas de estas – colegios particulares, por supuesto – tienen tanques de almacenamiento dentro de sus planteles y reservas suficiente para funcionar por varios días. Lo discordante es que estas escuelas, si abren puertas, pueden ser sancionadas o incluso cerradas. No se quiere ver nada de esto. Vale la pena darse una vuelta cualquier día por las inmediaciones de una escuela donde a los estudiantes no sólo les falta el agua sino también los inodoros y los aparatos básicos de subsistencia. Sería un buen ejercicio gubernamental el elegir uno de estos sitios para realizar un Consejo de Gabinete, en lugar de citarse en un suntuoso y protegido salón de la Presidencia. Allí, a lo largo y ancho de la inmundicia, se congrega la carencia básica con las ganas de vivir. No se los ve, son invisibles,inexistentes. Recorra usted los alrededores y haga su propio semblanteo.

El problema es que no se quiere ver. Prevalece un miedo pestilente: miedo a perder, a ser castigado. En los medios, no faltan quienes se esfuerzan por diferenciarse o, al menos, posicionarse como equidistantes. Saben que “afuera” no hay agua y hacen gárgaras con el poder. Lo mismo que muchos políticos. Si bien el caso de los directores del IDAAN es ya una caricatura a la inoperancia, no son los únicos que le mueve la cola el status quo. Compiten numerosos burócratas del sistema educacional y copetudos jerarcas de la corporación institucional. Hay una especie de silencio en Panamá, un mutismo que huele a agua estancada, una fuerte apuesta a callarse la boca ante la amenaza de que nos quiten el agua, una vez más.

Empresario.