En un mañana
En un mañana, no muy lejano, ya no se necesitarán carreteras para el viaje, ni salones de clase para estudiar, ni bibliotecas para aprender. Hoy en día el correo por correspondencia sufre la agonía lenta de lo viejo y decadente, el teléfono de base es una especie en extinción y hasta el cd, invento de los más recientes, parece ser papiro al lado de los últimos designios de la tecnología.
La tecnología no cambia necesariamente al hombre, sino que éste se adapta lentamente a ella, y esa generación de transición sufrirá lo que fue por algún tiempo; sufre lo que considera transgresión muy manifiesta a todo lo que el dogma le ha dictado siempre de sagrado. La vida sigue, sin embargo, y aunque en apariencia el universo se mantiene estático, la verdad es que con el devenir de los milenios hasta el firmamento mismo cambia, así a su tiempo y a su propio modo, inentendible tal vez para los hombres.
Conscientes pues de que la existencia es breve, breve también será la adaptación del hombre a todo aquello que es moderno, a todo aquello que cambia o facilita su existencia. No nos hemos detenido realmente a analizar la manera tan profunda en que la tecnología cambia nuestras vidas. Desde el acero, que en batallas se levanta como bandera de conquista ante el endeble bronce; hasta el papel, que facilita el vuelo de la idea y la imprenta que lo decodifica y lo hace emporio de las masas; desde el reloj, que modifica el día y las horas, hasta el reloj de pulso, que hace consciente al ser humano de una trampa inexistente de escases de vida que antes no sentía. Ni qué decir de la luz artificial que inventa Edison y que hasta nuestros días nos permite develar cómodamente el velo de la noche y prolongar el día así en forma indefinida; o la rueda que se hizo carreta, luego automóvil y que mañana no sabemos que otra innovación le quede deparada.
Para el ojo observador, los patrones de evolución de la tecnología no son muy distintos a la de la propia naturaleza, solo que están impregnados, sí, de ese sentido de urgencia que caracteriza al hombre, que no tiene capacidad de esperar el tiempo que rige los cambios naturales. Al fin, todo cambia, salvo la ley del cambio. De manera tal que no debemos evocar con la nostalgia del pasado aquello que se fue, ni extrañar en forma alguna los inventos con los que crecimos y que han quedado atrás también. Vivimos una nueva era y, como otras que ya ha vivido el hombre, no tendrá capacidad de dañar en lo más mínimo al ser humano. No se hace más grande el vicio, ni tampoco más pequeño, por factores externos como la tecnología. Pero hay que aprovecharla. O nos trae más cerca, como el internet, o nos aleja en dimensiones nunca vistas; o fomenta la hermandad del ser humano o se eleva en barreras invisibles de la intolerancia; o despierta la conmiseración hacia el sufrimiento ajeno o nos congela el corazón en la indolencia, sin movernos ante la tragedia ajena. Todo dependerá del individuo mismo y de lo que éste dé a la sociedad. La libertad casi tecnológica del hoy nos llama, como nunca, a hacer uso responsable del libre albedrío y de la voluntad personal. La era es ya hoy de extremos; o se aprende todo o se deja todo de aprender, según la propia decisión del individuo.
Abogado