Entre las torturas y las cadenas
Aunque la prohibición de la tortura es absoluta en todo el mundo, lo cierto es que cada día son más los que huyen de la violencia y la persecución. En efecto, son muchos los seres humanos que precisan recuperarse y recobrar su dignidad, poder ser ellos mismos, sin más cadena que el tronco que nos encadena como ciudadanos del mundo.
La proliferación de crisis humanitarias, extendidas como jamás, debe hacernos reflexionar. Por tanto, sería saludable que, coincidiendo con el Día Internacional de las Naciones Unidas en Apoyo de las Víctimas de la Tortura (26 de junio), la familia humana prestase una más efectiva asistencia psicosocial a todos los colectivos torturados y, de este modo, lograr que todos los países otorguen reparación a sus martirizados, pues, aunque existe un marco jurídico amplio para la lucha contra todo tipo de torturas, no siempre está asegurada la protección, y aún menos, la asistencia al torturado.
Resulta curioso ver cómo algunos países todo lo justifican, luchando por no reconocer lo que verdaderamente se conoce, posponiendo las decisiones significativas, actuando como si nada ocurriera. Sin embargo, investigaciones de Amnistía Internacional indican que agentes de policía y miembros del ejército utilizan sistemáticamente la tortura para obtener información y confesiones, para castigar y agotar a las personas detenidas.
Cuesta entender que aún no marchemos unidos en la lucha contra la tortura y la sinrazón más salvaje. De igual modo, también nos resulta doloroso, que una gran parte de los humanos acepten el uso de la tortura y otros hechos degradantes, como respuesta a los altos índices de delincuencia violenta.
Asimismo, en algunos pueblos siguen permitiéndose castigos tales como la flagelación y las investigaciones sobre el uso de la tortura son casi insólitas. Además, en todos los rincones, y sustancialmente en los países que han vivido la caída de gobernantes que llevaban largo tiempo en el poder, se percibe un sentimiento de frustración por la lentitud de los cambios, en cuanto a otro clima más sosegado y de menos venganzas.
Todo este ambiente de contrariedades me lleva a propiciar el siguiente deseo: Tenemos que aprender a vernos como hermanos y a vivir como familia.
La nueva encíclica del papa Francisco puede servirnos de orientación, puesto que establece la necesaria relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia naturaleza, necesaria para poder crear un ambiente más digno. No perdamos más tiempo y establezcamos un mundo para todos y todos para un mundo más ligado al bien colectivo. Hoy, sin duda, es una exigencia ética fundamental. Pasemos, por consiguiente, de la moral de los principios al proceder de las responsabilidades. Al fin y al cabo, seamos conscientes de que somos los auténticos responsables de cuanto acontece en este planeta. No tiremos la piedra y escondamos la mano, por favor.