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Entre mentiras y esperanzas

Por: Redacción 05/06/2014

Hace unos cuantos años se puso de moda entre los políticos panameños que pronto llegaríamos a ser un país del primer mundo gracias a sus brillantes y sofisticadas ideas, así como con sus ejecutorias magníficas a la hora de ejercer el poder público.

Partidos políticos de gobierno y oposición, unos más que otros, entraron en esta campaña de marketing político, aprovechando el repunte de la economía, que si bien ha crecido en números y cuando los economistas la grafican se ve muy bien, pero en la realidad no tanto, pretendían que imagináramos que ese era nuestro destino inexorable.

La última campaña política no fue de un país de primer mundo. En realidad, fue más parecido al Panamá previo al golpe de Estado militar. Las múltiples y variadas impugnaciones a las elecciones de diputados de todos los partidos demuestran este punto.

Las propuestas de campaña tampoco fueron muy avanzadas. En todos los niveles faltaron propuestas sobre cómo mejorar la calidad de vida del panameño urbano y rural. Se habló de muchos paliativos, nuevos subsidios, medidas económicas de la década de los setenta para bajar el costo de la vida, etc. Nada novedoso.

La modernización de la educación, el plan de implementación de la descentralización que permita a los municipios pobres dejar de serlo, el inicio de un programa de innovación tecnológica, así como fomentar de manera agresiva el emprendimiento, brillaron por su ausencia.

Todo parece indicar que tendremos que esperar una nueva generación de políticos para volver a empujar la idea de llevar el país al desarrollo. Ya nos acostumbramos tan bien a que nos mientan que vemos con normalidad que nuestros actuales políticos, sin distinción, utilicen frases grandilocuentes y complejas para que, mareados de verbo, votemos mansamente por sus diversas propuestas electorales.

Salvo honrosas excepciones, nuestra nueva Asamblea Nacional ha quedado conformada por una cantidad de unidades que distan mucho de brindar la esperanza, que los veamos actuar, como para lo que fueron electos: diputados de la nación.

En cambio, parece que nos espera más de lo mismo. Algunos, los más ingenuos, alegan que esto se debe a que son el reflejo de la sociedad, y que el país irremediablemente se divide tal cual se conforman nuestros estamentos políticos.

Nada más alejado de la verdad que la afirmación anterior. Es deber de los partidos políticos tomar a los posibles líderes naturales y trabajar sus propuestas así como capacitarlos para la ejecución de las posibles políticas públicas por aplicar, de la manera más honesta, efectiva y eficaz posible, siempre dentro del marco de una doctrina clara y un ideal político que los defina como tales.

Como todo parece indicar que no es así, tengo pocas esperanzas que el conjunto de nuevos electos, resulten mejores que los anteriores. Y ni hablar de los reelectos, que en la mayoría de los casos, en vez de mejorar con el tiempo, lo utilizan para aprender otras “técnicas” de ejecutorías públicas.

Incluso, me atrevo a pensar que la posibilidad de reformar o rehacer la Constitución política debe ser revaluada. En realidad, hay mucho por hacer antes de entrar en semejante proceso. Es más, vaticino que, ante la realidad financiera y económica del país por venir, el gobierno central tendrá que ocupar más recursos y tiempo en otras tareas, y el tema constituyente podría pasar a ser una repetición de la ya casi olvidada Concertación Nacional para el Desarrollo.

En política, al pueblo ya no se le puede mentir o engañar con espejitos ni promesas complejas. Ya se han dado cuenta de que tienen poder de decisión y el que no lo entienda se expone al rechazo electoral tarde o temprano.

Por eso invito a nuestros políticos para aprovechar este periodo de transición y luego de luna de miel con el nuevo gobierno, usualmente marcado por los primeros 100 días, a repensar su forma de actuar. Ya somos testigos de cómo nuestra Corte Suprema de Justicia, señalada por muchos de cuanto epíteto negativo, ha comenzado a reencontrar el camino y a sorprender a la población con sus recientes fallos, más propios de la justicia noruega o finlandesa que de un pasado local muy cuestionado.

Si ellos pueden, el resto de las instituciones también. Es un buen momento para la reflexión, para deponer posturas inflexibles y fundamentalistas. Creo que el presidente electo, Varela, no necesita pedir renuncias a funcionarios del gobierno en funciones. Son los funcionarios señalados los que deben dar el paso de gigantes y poner sus cargos a disposición. Así se hace patria.

 

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Viernes 7 de agosto de 2026