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Época pasada: El niño obrero


Silvio Guerra Morales (opinion@epasa.com) / Abogado.

En los hogares de la gente pobre no hay abanicos ni muebles, sirve de comedor un mesón improvisado con retazos de madera, de esos que se recogen en las calles y las almohadas en las camas suelo suelen ser grandes bultos de viejos periódicos que se apretujan con suaves cartones. Las viejas estufas de kerosene dan cuenta de una época pasada que se ha ido. Al ir a las tiendas a comprar el kerosene tan solo se pagaba diez centavos por galón.

Las mantas, llamadas colchas, hechas con retazos sobrantes de los cortes de tela para pachucos de las mujeres y que hacía la costurera del barrio, hacían su buen trabajo por las noches. Cada mañana se compraba la micha de pan, el real de mantequilla, el pavito y la clásica bebida matutina, en los desayunos, solía ser el recolado, esa especie de té que sale del concho del café recocinado. Entre los pobres la palabra supermercado o hacer el súper no existe, tal vez no se entienda o nunca se ha pronunciado. En los almuerzos, recuerdo aquella infancia, al menos en nuestro hogar, nunca faltaban los jugosos frijoles que servían para pasar y tragar el reseco arroz huérfano de una gota de aceite.

En medio de ese escenario de cosas, aquel niño se levantó a tempranas horas del caluroso día que se anunciaba en los cielos. Se aproximó a la estufa, de ella emanaba un silencio sepulcral, fría e indiferente pregonaba que no habría desayuno. Miró a su madre, esta lentamente bajó su cabeza y ocultó su mirada. No quería que el niño advirtiera el llanto de una madre que sufre cuando a sus hijos no puede darles siquiera un mendrugo de pan.

¿Y papá, dónde está?, inquirió el pequeño cuya edad no alcanzaba aún los seis añitos. “Ya se fue, muy de madrugada, a la gallinera de Phillips para ver si le pagan los dos dólares diarios que gana”. Todos, al caer la tarde, anhelaban la llegada del viejo con sus dos dólares, verlo llegar era el anuncio concreto de que habría cena, se llenarían y dormirían muy felices. Pero esperar hasta tarde, era muy duro, el hambre atosiga y mata, muerde, de modo que tomó su pequeña cajita de limpiar zapatos y partió hacia el centro del pueblo.

La pregunta que hacía era: “¿Va limpiá?, ¿va limpiá?”. Los “no” se repetían muy a menudo hasta que, de pronto, vino una racha de varios “sí”. Se cobraba un real por cada par de zapatos lustrados.

Al cabo de unas dos horas el niño detuvo su labor y contó sus ingresos. “Diez, veinte…, treinta, cincuenta y…, noventa”, noventa centavos daban cuenta del progreso de esa mañana. Llegaría la hora del almuerzo, suspendió su trabajo, en buen decir: cerró la tienda y corrió, de prisa, como si alguien lo persiguiera y fue a parar a la tienda del chinito Livá. Con una alegría inusitada, jolgorio en sus palabras, casi cantando dijo: “Tres libras de arroz, un paquete de sal, un paquete de macarrones y una pasta de tomate chica”. Los noventa centavos, allá, a inicios de los setenta, alcanzaron para todo eso. Se gastaron todos.

Al llegar al cuarto que le servía de casa, con un entusiasmo que rayaba con la felicidad de quien ha encontrado tesoros, gritó: “Mamá, mamá aquí está la comida para el almuerzo”. Su madre lo abrazó, tan grande fue aquel dulce abrazo que el niño por poco sintió que la respiración se le iba. “Otra vez mamá llorando”, dijo el niño y prosiguió diciendo “¿y ahora por qué lloras mamá si hay comida?”. “Ay mi hijito, tan pequeño y ya trae el pan a la casa”, respondió su tierna madre. “Pero hijo mire que falta algo, no tenemos aceite”. Retomó la cajita de limpiar zapatos y volvió a partir. No fue mucho el interrogatorio que tuvo que hacer a los parroquianos del pueblo, pues al paso y seguido surgieron tres clientes que respondieron “sí”. Con treinta centavos, en menos de media hora, vaya, estaba garantizada la compra de los pavitos.

Abogado.

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Lunes 17 de agosto de 2026