Es hora de comenzar a elegir presidentes correctamente
Guillermo Antonio Ruiz Q. /Ingeniero y analista político.
El otro día miraba una excelente recopilación que un profesor universitario había realizado en su cuenta de Twitter sobre quienes habían ocupado la presidencia de la República de nuestro país y la fecha de la misma.
Siempre me ha llamado la atención el casi nulo apego a mantener un orden institucional. Antes del golpe de Estado de Acción Comunal, a inicio de los años 30 del siglo pasado, la constante de cambios presidenciales denota nuestro carácter de protectorado norteamericano, cuya estabilidad era más parecida a la época de los gobernadores colombianos.
No es hasta el asesinato del presidente Remón Cantera cuando se inicia una especie de correctivo democrático. Son tres los mandatarios que logran agotar completamente su mandato. Y es lo más parecido a un periodo previo a la última invasión militar de los Estados Unidos que podemos señalar como un espacio de respeto al orden institucional democrático.
Nuestra recientemente restaurada democracia, que ha logrado el periodo de continuidad presidencial más largo de nuestra historia, nos ha permitido contar con la posibilidad de tener 6 presidentes en 30 años. Antes de este periodo, tenemos que contar 50 en casi 100 años.
Estos números nos desnudan como sociedad. Es cierto que hemos pasado por periodos como el del protectorado antes señalado, el de los militares manipulando desde afuera y luego usurpando el poder, en esas mismas los partidos que representaban a los grandes sectores económicos y que muchos conocen como la “patria boba”, y nuestra realidad actual.
Pero, con lo que vemos actualmente, me queda claro que aún no hemos aprendido a escoger un buen presidente. Nos gana el marketing político, el clientelismo, el amiguismo y la moda electoral. Nos comen el cerebro con propuestas superficiales. Toman, cuando se molestan en hacerlo, la primera propuesta sin profundidad y la convierten en un plan de gobierno que saben nadie leerá ni evaluará.
Debo reconocer que sí hay un cambio. A pesar de que en nuestro país la penetración de las redes sociales aún no es lo suficiente para influir de manera significativa en una elección presidencial, sí motivó a los más politizados a dar seguimiento a temas puntuales y al debate presidencial.
Las cifras de sintonía del último debate televisado fueron históricas, y claramente influyó en la victoria del actual primer mandatario.
Pero la verdad es que a todos los que hemos elegido, sin excepción, se han encontrado con la victoria. Y es ahí que inician el camino de improvisar un programa, colaboradores y líneas de trabajo. Y por eso es que no logran terminar los proyectos dentro del plazo de 5 largos años. Por eso es que se pierde un año en auditorías inútiles y asesorías costosas para presentar unas mínimas ideas ya pasado el segundo año de mandato. Por eso es que ningún partido repite el triunfo de manera consecutiva. La decepción del electorado siempre desnuda el carácter informal de la propuesta, pero siempre al final.
Es importante que desde ya exijamos a nuestros partidos políticos que actúen como tales. Deben saber cómo está diseñado el presupuesto del Estado con propiedad. Sus líderes deben estar capacitados para sumir un mandato y comenzar a trabajar en obras visibles y reformas estructurales desde el día 1.
Los futuros candidatos presidenciales deben contar con un equipo que todos los electores podamos identificar como futuros colaboradores y que estos dominen los temas puntuales, lo que les permita iniciar de manera rápida las funciones a ellos asignadas por el presidente de turno. El país no puede seguir con el ciclo de paralización de obras cada vez que entra un nuevo gobierno.
Como electores, tenemos la oportunidad en el próximo torneo electoral de cambiar la historia de nuestra nación. Si llegamos preparados para elegir a un presidente que sepa lo que va hacer, que entienda la dimensión del privilegio de gobernar una nación, que entienda que nuestra bendecida patria tiene características únicas que, bien administrada, debería ser el país ejemplo en todos los órdenes del continente.
En Panamá no hay excusas para que exista pobreza extrema, o desempleo. Ni hablar de un sector agropecuario desmantelado. O un interior del país con infraestructura y economía más propia del siglo pasado.
Tenemos que involucrarnos como ciudadanos en la revisión de los planes futuros de nuestros partidos políticos y aspirantes presidenciales. Exigir planes concretos para reformar la educación y demás sectores que nos hacen parecer un país del tercer mundo. Necesitamos un líder que piense más en escribir la historia y no ver cómo se la da la vuelta a la ley para reelegirse.