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Espejitos y Cascabeles
¿Y ahora quién paga los pollos? Hay quiénes dicen que la felicidad o el sufrimiento están determinados en gran medida por el nivel de consciencia de quienes los experimentan. Por ejemplo, los delfines, los humanos, y otras criaturas evolucionadas somos capaces de vivir estas emociones con mayor intensidad que aquéellas menos evolucionadas como los peces y los pollos. Espero que esta suposición sea correcta, y que aquellos 37 mil pollos que fueron prematuramente ultimados hace algunos meses producto de la ineficiencia del fluido eléctrico que aqueja al país no hayan padecido profundamente los horrores de la asfixia colectiva de la que fueron objeto.
No obstante, si hablamos de asfixia, de seguro hay una parte que aún en estos momentos debe estar tratando de tomar aire con suma dificultad para sobrevivir a las pérdidas de tiempo, trabajo y dinero que conllevó este genocidio aviar: el desdichado dueño de la polleriza, quien por cierto es un ser consciente y que, al igual que muchos otros de su misma especie, sufrimos los devastadores daños que los popularmente llamados ‘apagones’, ocasionan a nuestras inversiones.
Este Vía Crucis energético no es algo reciente; tuvo su génesis hace algún tiempo en el proceso de “modernización” de la economía panameña, según el cuál era “imperioso” privatizar el hoy casi olvidado IRHE so pretexto de hacer el servicio más eficiente y así cumplir con las supuestas exigencias de las IFIs, o quizás con los intereses particulares de los involucrados en este negocio.
Es importante que nuestros compatriotas tengan presente que para que el suministro eléctrico de un país sea considerado eficiente, no pueden darse más de 9 apagones en un año. Contradictoriamente, en muchos puntos del país, se dan más de 9 apagones en una sola semana. ¿Será que no somos tan modernos como creemos o será que la modernidad aquí tiene otra definición?
Luego, sobrevino el igualmente amañado otorgamiento de concesiones hídricas para satisfacer la creciente demanda de energía eléctrica o el mal uso que hacemos de ella. En una economía “floreciente” como la nuestra, más vale estar bien iluminados para que el mundo vea todo lo “destellantes" que somos.
A propósito, si tanto interés existía en energizar al país, ¿por qué en ese mismo período de gobierno se le pusieron tantos obstáculos a quienes trataron de producir electricidad mediante el aprovechamiento de la energía eólica y solar? ¿Habrá tenido esto algo que ver con el evitar la indeseable competencia? A manera de ilustración, gracias a nuestras legislaciones de la época post-IRHE y en contra de toda lógica aritmética, las hidroeléctricas se dan el lujo de vender el kilovatio/hora al mismo precio que las termoeléctricas a pesar que producirlo les cuesta la mitad. ¿Cómo les quedó el ojo?
No todos hemos perdido pollos, pero sí equipos a raíz de los frecuentes apagones. Paradójicamente, es precisamente una de las empresas responsables de este suplicio la que ahora promueve la adquisición de equipos energéticamente eficientes, y por supuesto más costosos y más vulnerables a las constantes arremetidas eléctricas a fin de convertir a los consumidores en (anglicismo que en este contexto equivale a tontos útiles), sin que nadie se haga responsable de los daños, pues no son defectos de manufactura y el suministro es perfectamente “normal”.
No obstante, no todo está perdido; aún queda un último recurso: reclamar. Esto, sin embargo, podría tener algunas implicaciones no aptas para cardiacos. Como suele suceder en este país, casi siempre reclamar parece ser un camino seguro al desaliento, pues todo parece terminar cuando se entrega el formulario de quejas junto con la(s) ]pica(s) fotocopia(s) de la cédula en los organismos destinadas a “salvaguardar” los intereses y derechos de los consumidores. Una segunda opción (quizás la más funcional) es asistir a las instancias antes mencionadas de forma obsesivamente recurrente hasta convertirnos en una molestia insoportable.
En esta misma línea, me atrevo a prescribir un temido artilugio, cuyos registros pueden ser utilizados como evidencia legal en contra de los ‘terroristas energéticos’: los medidores de voltaje de la ASEP. Una tercera opción es seguir quejándonos cruzados de brazos y cumpliendo eficientemente con nuestro papel de víctimas pasivas por no decir de cómplices paradójicos de estos ‘electricidios’ como diría el Tremendo Juez, o invocar al Chapulín Colorado y preguntarle ‘¿Y ahora quién podrá ayudarnos?’ La verdad es que nadie podrá hacerlo mientras sigamos prostituyendo nuestros recursos a cambio de espejitos y cascabeles, un concepto que históricamente hemos repudiado pero al cual parecemos habernos convertido en adictos.
Docente