Está pasando, estoy actuando
Más de 400 millones de personas en el mundo son usuarios de la red social Facebook, más de 100 millones son ya twitteros y cada día vemos más de 100 vídeos a través de Youtube. Tan sólo en España, nueve de cada diez personas son miembros de una o varias redes sociales. Internet se ha convertido en una herramienta indispensable para millones de personas que quieren estar informadas, dar su opinión e influir en la toma de decisiones de los círculos de poder.
En España, por ejemplo, la controvertida Ley Sinde contra la piratería se paralizó por las opiniones negativas en las redes sociales. Pero también un movimiento ciudadano a través de Internet ha conseguido que un libro sobre “cómo curar la homosexualidad” haya “desaparecido” de las estanterías de grandes centros comerciales… Dos ejemplos que nos hablan del poder de las redes sociales. Pero, ¿hasta qué punto no vivimos cautivos de lo que ocurre en la Red?
Las redes sociales han sido un punto de inflexión en la manera de relacionarnos con los otros y con el mundo. Hoy, gracias a Internet el mundo ha acortados sus distancias. Se puede decir que el mundo es más pequeño. Conversamos con amigos que viven en el otro lado del mundo o trabajamos en equipo con compañeros en otros continentes.
Facebook revolucionó lo que en España llamamos “un patio de vecinos”. Millones de personas que se conectan para contar su vida, las cosas que hacen, recomendar una película, un restaurante o un libro. A través de Twitter, millones de personas se informan cada día y lanzan sus opiniones sobre los temas más candentes en 140 caracteres.
El dinamismo y la rapidez de esta red social hacen que sea una herramienta más de trabajo para periodistas y medios de comunicación. Para muchos, esta red de microblogging es un sensor de la sociedad. Las redes sociales han hecho de Internet un lugar de comunicación e intercambio de ideas. Pero también de acción. Los usuarios de las redes pueden alzar la voz, unirse y conseguir cambiar cosas. Sin embargo, hay también efectos perniciosos. Por un lado, millones personas en el mundo no tienen conexiones a Internet o no saben manejar las nuevas tecnologías.
Las informaciones que se vierten tampoco son del todo fiables, no sabemos quién las dice y es difícil de contrastar. El exceso de información y de opiniones es otro efecto negativo ya que un mundo con sobreinformación es un mundo desinformado. Hay tanto ruido que perdemos la perspectiva. Con tanta vida virtual nos olvidamos de vivir la real. ccs@solidarios.org.es
Periodista.
