Estado de derecho, derechos humanos y debido proceso
Creo que se cierne sobre la geografía nacional un peligroso manto de oscuridad. Manto que ya ha enceguecido a los títeres de siempre que salen a aplaudir el circo político o, simple y sencillamente, aunque no se les invite, ellos por cuenta propia se meten a hacer alardes de payasos o de monos.
Para los tales, si el Gobierno hace algo malo, eso estará bien; si el Gobierno hace algo bueno, eso estará superbién y si el Gobierno no hace nada, eso está más que bien, porque “apenas se están estrenando” como Gobierno. Estos entreguistas de la dignidad, renunciadores de la seriedad y de la objetividad, también, como siempre, buscan acomodos en el servicio de la administración pública, todo el discurso se les acaba hasta el momento en que son nombrados y de allí en adelante a hacer coro permanente con todo lo que diga o haga el Gobierno.
Yo no renuncio a mi objetividad. Yo no declino en favor del aplauso de los gobiernos. Aplaudo si toca hacerlo o reconocerlo, censuro en igual sentido. Yo no me entrego, ni por paga ni recompensa, a los brazos de la ignorancia. Aborrezco la ignorancia. Pero en cuanto de mí dependa, y esa sea mi convicción espiritual, moral, académica, profesional, decir las cosas tal y como las aprendí en la academia universitaria, las seguiré diciendo, sin miedo, sin temor.
No puedo decir que tal o cual cuestión es conforme a Derecho, si no lo es; no puedo decir que no se está violando el debido proceso, si efectivamente así ocurre; no puedo decir que se está respetando el estado de inocencia, si advierto lo contrario; tampoco puedo aplaudir la detención preventiva allí en donde no cabe o procede conforme a la ley; en fin.
... ESTO ES UN MANTO TENEBROSO DE ARBITRARIEDAD Y DE PERSECUCIÓN QUE PUDIERA RAYAR CON COSAS NEFASTAS: ENTRE ELLAS...
No le temo, tampoco, a los tiempos. Me tocó vivir los tiempos de la dictadura militar. Ser privado, injusta e ilegalmente, de mi libertad y todo por mantener mis convicciones democráticas y jurídicas; por creer en la libertad de las ideas y la libre expresión del pensamiento; por mantener vírgenes mis convicciones sobre la justicia social y de la necesidad de darle oportunidades a las grandes mayorías marginadas de la nación.
También he aprendido que el Estado de Derecho no es una panacea, sino una necesidad. Que no es una idea ilusa, sino una vivencia diaria. Que no puede ser cierto que se le tenga como un rezo a invocar cuando estamos en oposición, y cuando gobernamos tiremos toda su filosofía al basurero.
La vida me ha enseñado que hoy estamos y mañana no. Que todo poder es fugitivo, pasajero, provisional, y que cuando creemos que somos dioses del Olimpo, de pronto, en cuestión de segundos, nos vemos convertidos en simples mortales y cargando pesadas tamugas de repulsa por parte de nuestros propios congéneres.
Que lo que cuenta es que tengamos bien clara la idea que nos enseña que del polvo de la tierra hemos venido y hacia allá volveremos – Pulvis es et in pulverum reverteris- (polvo somos y en polvo nos convertiremos). Y que no bastan los buenos pensamientos, sino también las buenas acciones con frutos evidentes de buenas obras. Que estas son cuestiones vinculadas por el sentimiento del amor y de la bondad y que la mejor virtud es ser uno mismo, sin alteraciones. Sin modificaciones, sin influencias.
Por todo lo anterior, no me gusta el discurso de lo que estoy viviendo. Creo que los delitos deben ser investigados, pero no sacrificando gloriosas conquistas de la humanidad y que a nuestros antepasados, en diversos estados y momentos históricos tuvieron que pagar altos costos: muerte, sangre, y todo ello a costa de lutos, sacrificios y dolor sin fin.
Hablo de cosas sagradas al derecho penal y al derecho procesal penal, al derecho constitucional y a la propia Teoría del Estado: debido proceso, estado de inocencia, favor rei, favor libertatis, derecho a la prueba, a aportarlas y a contradecirlas, derecho al contradictorio, derecho a exigir el mayor respeto a nuestra propia dignidad, derecho, simple y sencillamente, a ser seres dignos y a ser tratados con respeto a esa alta dignidad que Dios nos ha dado.
El problema no es el sujeto que se investiga o se juzga, no. Para mí el problema es lo que, eventualmente, pudiera sobrevenir sobre todos los ciudadanos, esto es un manto tenebroso de arbitrariedad y de persecución que pudiera rayar con cosas nefastas: entre ellas el irrespeto al ciudadano y la negación de sus derechos humanos dentro de un estado totalitario y arbitrario, es decir, a los mejores tiempos de la dictadura militar. Tomo como propias las palabras del presidente Varela: Se impone el respeto al Estado de Derecho, respeto a los Derechos Humanos y respeto al Debido Proceso.