Estado, mercado y economía
De acuerdo al folclore tradicional de los círculos empresariales el Estado debe abstenerse al máximo de interferir en la operación de la economía, con el fin de lograr, por medio de la acción de la mano invisible de Adam Smith, una situación óptima, eficiente y hasta equitativa en el plano de la producción de bienes y servicios. Los economistas tradicionales, por su parte, han sido los encargados de darle a este punto de vista una base conceptual. Tal es el caso de F. Hayeck para quien la defensa del libre mercado se debe mantener siempre, incluyendo en aquellas ocasiones en las que utilizar el poder del Estado sería la única forma de eliminar injusticias indiscutibles. La pasión por este punto de vista fue lo que llevó a que Milton Friedman en su papel de propagandista fuera más allá de lo permitido por la ciencia, tal como lo ha señalado Paul Krugman.
La reciente Gran Recesión que todavía afecta la economía ha develado algunas realidades del sistema, entre las que se encuentra la prueba irrefutable de que para los empresarios financieros el folclore del libre mercado no es, definitivamente, más que un mecanismo ideológico conveniente para proteger sus intereses. Es así que cuando las condiciones lo ameritan estos recurren, sin el menor pudor, a la intervención del Estado con el fin de proteger esos mismos intereses. Esto quedó evidenciado en los rescates estatales de los grandes bancos norteamericanos, los cuales fueron considerado, no solo demasiado grandes para fracasar, sino que, como lo ha destacado Joseph Stiglitz, demasiado grandes para ser reestructurados, entendiendo que esto último habría significado la necesidad de que sus dueños y administradores fueran sometidos al normal procedimiento de quiebra, tal como lo impone la lógica del mercado. En un sentido inverso a la lógica mercantil, estos bancos fueron dotados, a costa de los contribuyentes, de miles de millones de dólares bajo diversas formas de facilidades financieras, gran parte de los cuales fueron utilizados, pese a las enormes pérdidas observadas en la práctica, para entregar grandes dividendos a sus accionistas y hacer efectivas enormes compensaciones pecuniarias a sus principales administradores.
De lo anterior se deducen algunas importantes lecciones. En primer lugar, la crisis ha demostrado que, a diferencia de lo propuesto por los fundamentalistas, el mercado dejado a su libre funcionamiento no lleva a un estado económico idílico, si no que tiende a generar profundas crisis. En segundo, lugar resulta que estas crisis llevan, necesariamente, a la intervención pública. En tercer lugar, que el Estado no es un ente neutro, por lo que su acción está guiada a defender los intereses de quienes lo controlan. Esta última es una verdad que los sectores populares y progresistas no deben olvidar, sobre todo cuando, como en Panamá, el Estado se convierte en un arma para reprimirlos.
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