Estados satélites del castro-chavismo en la OEA
Lo sucedido en la sesión de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la que Panamá solicitó tratar sobre la situación de Venezuela demostró, tal cual, la forma como se ha definido la política en nuestro continente.
Ya ni siquiera se puede decir que hay un compromiso ideológico. Países cuyos Gobiernos no comulgan abiertamente con el socialismo-chavista terminaron dando la espalda a la propuesta panameña y a ese amplio sector del pueblo de Venezuela que es reprimido violentamente por su propio Gobierno.
Se entiende que hay alianzas políticas consolidadas bajo las siglas del Alba, que es ese grupo de países que el finado Hugo Chávez reclutó en su órbita regional para servir a los intereses del Gobierno dictatorial de Cuba en cada foro internacional que sea necesario.
Estos países, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, juegan siempre de primer cuadro, como se diría en los deportes de equipo, cuando de tener una posición unificada se trata, sobre todo si es coordinada por La Habana. Brasil, República Dominicana y ahora El Salvador han entrado en ese cuadro, pero como suplentes.
Lo peor es la alianza lograda con esos pequeños Estados caribeños con derecho a voto en los organismos regionales como la OEA. Con las empresas Alba y Petrocaribe, el Gobierno de Caracas ha logrado captar a todos los gobernantes de estas islas y actúan de manera casi irracional a la hora de votar una propuesta regional.
Me llama la atención cómo Estados grandes de la región, como Estados Unidos y Canadá, han cedido liderazgo en la región. Los problemas domésticos de estos Gobiernos los han distraído de lo que sucede de este lado del mundo. Solo espero que las consecuencias de esta circunstancia no nos pasen factura a todos, como sucedió en la región en los años setenta y ochenta.
Creo que después de lo sucedido en aquella sesión, de la cual ya se han ventilado en los medios internacionales y locales todos los detalles, nuestra política internacional debería ser revisada para evitar que algún amigo del amigo termine acercando a Panamá a este bloque castro-chavista.
Lo anterior es una posibilidad que no solo pasa por la izquierda política organizada de nuestro país. Oscuros intereses económicos fueron los que motivaron el cambio de rumbo en Honduras cuando Manuel Zelaya quiso convertir a ese país en otro satélite del eje Cuba-Venezuela. De un día para otro, ese país proclamaba el socialismo bolivariano del siglo XXI.
Me impresiona cómo se promueven en países como El Salvador las empresas Alba. Con el nuevo gobierno de ese país, lo más posible que suceda es que se radicalice y proceda a actuar de la misma manera que lo hace el Gobierno de Nicaragua.
Entiendo las razones por las cuales el Gobierno de México no ha querido ser más beligerante en estos temas. El presidente Peña Nieto ya tiene problemas internos muy graves con el narcotráfico y amplias desigualdades sociales, por lo que necesita todo el capital político posible para llevar adelante amplias reformas del Estado que están muy postergadas. Lo último que necesita el Gobierno de México es que los partidos de izquierda y los sindicatos le enturbien la situación económica, social y política de ese país.
Para los opositores en Venezuela, esta derrota es significativa. Se han quedado prácticamente solos en su lucha. Lo más que podían aspirar en el futuro cercano es a que la iniciativa panameña tuviera algún tipo de repercusión internacional más allá del continente, lo cual evidentemente no sucedió.
Como lo dije en un artículo pasado, era un error casi fatal haber sacado de la calle a los ciudadanos que se manifestaban y denunciaban fraude luego de las últimas elecciones presidenciales en ese país. Nadie en la oposición de Venezuela lo quiere admitir, pero en ese momento a su líder Henrique Capriles le faltó coraje y visión y ahora pagan las consecuencias.
Creo que Panamá ya hizo todo lo que se podía hacer, lamentablemente. Mientras no sea un tema de un gran bloque que involucre a la Opep, Unión Europea y al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, no se va a lograr casi nada, tristemente.
Lo que escribo es desolador, sobre todo para los venezolanos residentes en Panamá, pero es la verdad. Ahora los panameños debemos tener mucho cuidado en ver a quiénes elegimos como nuestros gobernantes, y la posibilidad de que a algún genio se le ocurra, por las razones ya explicadas, autoinvitarnos a una aventura que ya ha fracasado en otras latitudes.